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Nada por ahora
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Besos a Medianoche. Capítulo II. Parte I

¡Y por fin me digno a aparecer! Por cuestiones de estudio se me ha hecho todo muy complicado, ya que me encuentro en las últimas tres semanas de clases. Por esa razón no había podido publicar nada, mi agenda está hasta el tope con examenes y actividades... -No se imaginan cuanto deseo terminar todo esto y tener vacaciones-.



Quisiera agradecer, de todooo corazón, a quienes dejaron comentarios en el fragmento anterior y también a aquellas personas que se tomaron la dulce y adorable molestia de felicitarme. ¡Adoro a mis lectoras y lectores! ¡Sin su apoyo no podría vivir!









Capítulo II


Cinco años más tarde…
Nueva York, Estados Unidos.


—Entonces, imagino que la vida de casada te está sentando de maravilla, corazón.
Kirsten Shower en ese momento golpeteaba con uno de los lápices su cuaderno de anotaciones, mientras sentada frente a su escritorio, conversaba animosamente por teléfono. La risa elocuente y simpática de Francesca la hizo plenamente feliz, en especial por el hecho de que demostraba la dicha en la que se encontraba sumida.
—Un poco, tal vez —Cualquiera diría, por su tono de voz, que “un poco” no era suficiente para describir como se sentía.
—Tal vez debería casarme yo también —Susurró para sí misma mucho más que para Francesca, casi de manera pensativa.
—…Bueno… ¿De veras quieres casarte? —La voz de Francesca esta vez sonó algo contraída y en desacuerdo por su decisión. Frunció el ceño.
—Es un decir nada más, no es que vaya a hacerlo de verdad.
Se oyó un suspiro del otro lado de la línea.
—No tienes por qué hablarme como si estuvieras molesta, Kirs.
Suspirando dejó de jugar con el lápiz y se frotó ambos ojos.
—No, Fran, perdóname a mí, creo que… —Entonces aspiró el aroma del ambiente —. ¡Mierda!
—¡¿Qué?! —Se oyó la voz preocupada de Francesca desde el móvil.
—Luego te llamo.
Colgó rápidamente y corrió directamente a la cocina, para descubrir su bistec para la cena completamente rostizado. Tosiendo a causa del humo, maldijo para sus adentros mientras llenaba de agua la olla con la esperanza de que no se hubiese pegado hasta el punto de hacer imposible lavarla.
Gruñendo, se encaminó a la segunda habitación que había en el pequeño apartamento en uno de los edificios de Manhatann. Abrió la puerta de golpe y fulminante, clavó la vista en la cabeza castaña inclinada sobre una mini laptop… ¡No entendía como no se metía de una dentro de la computadora y así les quitaría un peso de encima a todos!
—¡Joder, Abigail! —Se acercó a ella para descubrir que tenía bien puestos los cascos con Nickelback a todo volumen, mientras su rostro era iluminado por la luz blanca de la pantalla de su computador a la vez que sus dedos se movían a toda velocidad sobre el teclado —…Debes estar de broma.
Con brusquedad le sacó uno de los audífonos, arrancándole un chillido de los labios.
—¡¿Por qué hiciste eso?! ¿No ves que duele? —Abigail alzó sus suaves ojos azules y la miró enfurruñada a través de unos anteojos con aumento, mientras se frotaba el oído del cual fue arrancado el cable.
—Sí. Por eso precisamente lo hice —Kirsten se cruzó de brazos —. ¿Quién se supone que debería estar al tanto de nuestra cena de hoy?
Abigail miró a ambos lados y luego rodó los ojos como si fuera lo más obvio del mundo.
—Yo, desde luego —Su afirmación se ganó un golpe en la cabeza por parte de Kirsten —. ¡Ay! Pero, Kirsten, ¿Qué te pasa hoy? Estás demasiado bruta conmigo.
—¿A que no adivinas lo que le ha pasado a nuestra comida?
Abigail parpadeó sin entender.
—¿Qué cosa?
Ella tuvo que contenerse con todas sus fuerzas y no azotar a su amiga y compañera de piso con todo lo que pudo.
—Se ha quemado —Dijo en un suspiro ya cansado. Abigail parpadeó unos instantes antes de soltar una exclamación y una palabra que definitivamente no era apta para menores.
—¿De nuevo? —Su amiga pareció sentirse cohibida y algo resignada —. Lo lamento, Kirs, no es mi intención dejar quemar nuestras comidas. Es solo que a veces me entretengo demasiado y pierdo el hilo del tiempo mientras escribo.
Hacía cerca de dos años que Kirsten se había mudado a un apartamento compartido, junto con una de las ex-miembros del cortejo de señoritas, Abigail Denton. Dentro de todas las que había conocido, ella sin duda alguna, era una de las que poseían al menos un poco de cordura y un cerebro completo.
Probablemente su única amiga dentro del circulo social. Y lo más importante de todo: ambas querían escapar de las casas de su familia.
Así que a los veinte, ya juntado el dinero suficiente para salir del alero familiar, ambas se mudaron a un pequeño apartamento doble en Manhattan en donde continuaron sus estudios. Kirsten en la rama de educación… Siempre había adorado a los niños, por lo que estuvo más que decidida a volverse profesora, aunque sus padres estaban aún en contra a pesar que ya ejercía su carrera desde hace un par de meses.
En cambio, Abigail, para su propia sorpresa había escogido entrar en la rama de literatura y letras. Y se le daba muy bien escribir… Incluso escribía libros paranormales bajo un seudónimo —He allí, el por qué no podía estar al tanto de su almuerzo—, libros que Kirsten engullía de pies a cabezas antes de que salieran a la venta.
—Ya olvídalo, pequeña rubia teñida —Apoyó una mano sobre el espaldar de la silla mientras se inclinaba e intentaba leer lo que estaba inscrito en la pantalla de la laptop descuidada de tanto uso que recibía —. ¿Cómo vas con eso?
Abigail llevó ambas manos a su cabeza, cubriéndose su cabello teñido de castaño oscuro. Según ella, decía que las rubias eran consideradas tontas y más aun si estas eran atractivas… Por lo que había descuidado su apariencia y se había tintado el cabello apenas se habían mudado juntas. Incluso, se había puesto más rellenita en lugar de la delgada y bien formada silueta que poseía con anterioridad.
Ella volvió a clavar la vista en la pantalla, siguiendo la mirada de Kirsten, pero no tardó nada en suspirar cansada.
—Patético. He rehecho el manuscrito tres veces, y siento que volverán a rechazarlo en cuanto se lo lleve a mi editor —Enterró la cabeza entre ambas manos con desesperación. Gesto que compadeció a Kirsten. Había visto como se dormía a las cinco de la madrugada, para levantarse a las ocho a seguir escribiendo… Desde su punto de vista, ser escritor no era la profesión más sencilla del mundo.
Se situó tras ella y comenzó a masajearle los músculos adoloridos y tensados de la espalda. Abigail gimió gustosa relajándose.
—¡Oh, Kirs! Eres un sol… —Casi podía oírse su voz sollozante de felicidad, por lo que Kirs contuvo una risa.
—Te lo mereces, Abby… Aunque no debería después de que hayas dejado quemar la cena.
—Llevamos dos años viviendo juntas, deberías ya saber que es imposible dejar la comida a mis manos.
Buen punto.
—Venga —Dejó de masajearle el lugar donde se acumulaba la tensión de Abby —. Mueve tu trasero de esa silla y busquemos algo aceptable para cenar.
Se oyó un pequeño quejido de Abigail quien se frotaba el trasero con ambas manos haciendo una mueca.
—Me duelen lugares que no sabía ni que existían.
…¿Debía reírse por eso?... No. Probablemente no era buena idea.
—¿Has pensado alguna vez tomarte unos meses de descanso? —Preguntó casi por inercia, puesto que ya sabía perfectamente la respuesta que obtendría. Abigail negó con la cabeza mientras suspiraba.
—Es mi único ingreso económico, no puedo darme el privilegio de descansar mientras necesito dinero —A diferencia de los padres de Kirsten, los de Abby se mostraron sumamente hostiles con la idea de que su única hija dejara el lecho materno para independizarse, por lo que se le fue negada la protección de sus padres mientras cursaba la universidad.
Muchas veces Kirsten se había ofrecido a prestarle ayuda, pero Abigail se negaba rotundamente alegando que ella sola debía saber llevar las consecuencias de sus acciones.
Charlando pacíficamente, se tomaron del brazo mientras se encaminaban a la pequeña pero acogedora cocina de su alegre y agradable apartamento. Aunque no era muy grande, su hogar contaba con lo indispensable para vivir: poseía dos habitaciones y un baño que le tocaba compartir con Abigail —La cual siempre se quejaba en las mañanas, cuando Kirsten duraba dos horas encerrada en él para ducharse y arreglarse—, una sala de estar bastante atractiva para las horas de descanso, una cocina y un balcón que daba una preciosa vista nocturna de la ciudad al estar en un piso bastante alto. Kirsten definitivamente, nunca hubiese cambiado ese lugar por nada más.
Al principio habían pagado un aceptable alquiler, que probablemente era un poco más económico de lo que había pensado en un principio, tratándose de una de las mejores zonas en Manhattan. Sus padres se escandalizaron con la idea de que tomara impulso por su cuenta y por el dinero que había mantenido ahorrado desde sus quince años, pero lo que más deseaba Kirsten en su vida era lograr independizarse y hacer lo que ella deseaba hacer con su vida… Y por lo visto, sus padres —Aunque a regañadientes—, supieron aceptar sus decisiones y acabaron por apoyarla en todo lo que necesitara mientras estudiaba y trabajaba a medio tiempo como ayudante de una profesora.
Luego de todo un año viviendo en ese lugar, ella y Abby habían decidido que era una muy buena idea comprarlo.
Y desde entonces su apartamento era un verdadero santuario. Aunque su compañera de piso tenía un significado totalmente distinto al de ella respecto a ese lugar. Abigail, para su sorpresa en cuanto habían comenzado a vivir juntas, era el tipo de chica que prefería evitar contacto social. Solo salía para sus clases en la universidad, para presentar exámenes y cuando le tocaba llevar un manuscrito con su editor… Pero de resto, se negaba a salir.
Por ese detalle a Kirsten le tocaba siempre hacer la compra y ocuparse de cosas que involucraran la luz del sol sobre el cuerpo. Nunca venían compañeras de estudios, y nunca le había conocido algún novio o pareja.
Y encima la última vez que la había invitado con todas sus ganas a salir juntas con un grupo de amigos, la respuesta de Abby vino seca y afilada:
—No estoy interesada —Había dicho a la vez que se colocaba sus audífonos con Nirvana
[1] a todo volumen, mientras continuaba tomando notas con expresión fría en un cuaderno. Y mientras los acordes de Where did you sleep last night?[2], resonaban entre el silencio de la habitación, Kirsten no creía que pudiera haber más hielo entre ambas.
Desde entonces, queriendo evitar la tensión en el ambiente, Kirs se había abstenido de invitarla —también— a algún lugar donde hubiera personas. Abigail era una solitaria nata.
Diferente a la chica que había conocido durante el cortejo de señoritas cuando tenía diecisiete. No sabía si siempre había sido de esa manera o si algo le había sucedido antes de que decidieran, entre ambas, escapar del alero familiar y tomar riendas de sus vidas. Y lo que nos lleva precisamente al día a día, como hoy por ejemplo, en donde Abby dejaba quemar alguna de sus comidas y no les quedaba de otra que llenar sus estómagos con cualquier cosa que encontraran en la alacena o en el refrigerador.
Mientras se reían, ambas decidieron al rato que cenarían algún embutido. Al parecer había sido costumbre que a mediados de la semana, sus cenas eran enlatados o embutidos.
Suspirando, Kirsten se sentó en la mesa pensando que le restaba por hacer en lo que quedaba de día. O noche si pensaba en las horas.







[1] Famoso grupo estadounidense de genero rock alternativo de los años 1987-1994.
[2] Canción estadounidense del año 1870, cuyo autor es desconocido. (N.A: Abigail escucha la versión interpretada por Nirvana)
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Bitacora, 10/05/2011

Imagino la cara de estupefacción de la mayoría de los lectores. Esta entrada es para narrar un poco sobre mi día y mi semana.
Hoy, Diez de mayo del año dos mil once, esta señorita se encuentra cumpliendo exactamente diescisiete años de vida... Unos no muy ansiados diescisiete años. Cada vez que lo pienso, me doy cuenta y me percato de lo rápido que transcurren los años y el tiempo; en un parpadeo a decir verdad.
Mi primera historia, Sueños de Hielo la escribí cuando tenía catorce años aún. Y Oscura Inocencia, la terminé en Agosto, dos meses después de haber cumplido los quince años. Hace casi dos años de aquello... Increíble. Nunca imaginé que podría consumirse el tiempo tan rápido y cuando lo pienso, me doy cuenta de que en parte hubieron momentos en mi vida que me privaron y me hicieron perder el tiempo que dedicaba a mi escritura y alimento de mis conocimientos en cuanto a lectura.
Estoy retrasadisima en cuanto a la culminación de historias que tienen mucho más de un año de producción.
Bueno, no sé que decir de mi semana... Estuve estudiando muchisimo, ¡No tienen idea de cuanto! Porque para poder graduarme de bachillerato, necesito aprobar matemática con un mínimo de trece puntos. Y pues, por eso llevo estudiando desde hace un tiempo para el examén que se realizó el día de hoy... Y ¿adivinen qué? Creo que salí mal, a pesar de haber estudiado muchisimo.
En fín, ahora mismo mi vida está patas arriba. Estoy todos los días cargada de estres.
Además de estar trabajando en la serie de los condenados y la serie de los secretos del corazón. Tengo unas historias independientes por terminar y he comenzado con dos proyectos alternos de Novelas Visuales (Click para saber que son) del genero otome game/Simulador de citas para chicas cuyos progresos comenzaré a publicar aquí en el blog dentro de poco.

Bueno... Mi cumpleaños la estoy pasando dentro de la oficina de mi tía, así que imaginense de que animos estoy.

Me despido, entonces, aunque no fue una entrada muy productiva ¿A que no?

P.D: La publicación del siguiente capítulo de Besos a Medianoche, será este fin de semana como mucho. Aún tengo que adelantar un poco.
Muchas gracias, por todos sus comentarios, me animan la vida<3 =)
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Besos a Medianoche. Capítulo I. Parte II





—¡Kirs! —El sonido de una voz alegre y llena de inocencia le arrancó una sonrisa satisfecha de los labios, antes de caminar y recibir el enorme abrazo por parte de una joven de doce años.
—¿Cómo te encuentras, Bidgette? —Los enormes ojos acaramelados de ella brillaron impacientes y llenos de júbilo mientras giraba sobre sí misma, mostrándole a Kirsten gustosa su suave vestido color rosa pálido, cosido a mano por parte de su abuela.
—Por supuesto, estoy bien ¿que no lo ves? —Preguntó energizada y enfurruñada por la pregunta. Pero aún así, Kirsten Shower, una hermosa joven de cabellos rojizos y penetrantes ojos azules, en sus contados diecisiete años; no pudo evitar notar que el rostro de su prima, Bridgette O’Connor se veía algo más pálido de lo usual, incluso más que desde la última vez que se habían visto.
—Si, claro, fue estúpido de mi parte preguntar —Sonrió falsamente.
—Bridgette ¿Por qué no vas a preparar un poco de té?
La voz llana y seca de su tía la tomó por sorpresa causándole una gran impresión. No le tomó mucho analizar la situación que fue comprobada en el instante en que los pasos de Bridgette resonaron por la habitación hasta perderse tras el arco de la puerta que daba hacia la alejada cocina.
Kirsten parpadeó mientras se sentaba en uno de los muebles.
Su madre y su tía eran hermanas, ambas nacidas de una humilde familia de comerciantes pero que a través de los años habían recibido una amplia y completa educación que las convirtió en un par de respetuosas señoras.
Los cabellos de su tía, cortados modernamente, poseían un vibrante tono rojizo, que delataba perfectamente su parentesco; y sus ojos eran enormes y expresivos de un tono verde prado, que la hacía ver mucho menor de lo que parecía. A pesar de tener casi cuarenta años, su rostro se encontraba libre de arrugas que delataran su ya avanzada edad. Vestía delicadamente con una ligera blusa rosada y una falda a juego que se hondeaba a sus pies mientras avanzaba y tomaba asiento frente a ella.
A diferencia de su madre —Un poco mayor que su tía—, en lugar de haber contraído matrimonio con un rico heredero, había tomado preferencia a la idea de formar una familia normal y libre de privilegios.
Muchas veces, Kirsten llegaba a preguntarse si no hubiese sido más feliz perteneciendo a una familia promedio que a ser la multimillonaria heredera de una compañía.
—¿Qué ha dicho el doctor, tía Anna? —Su voz salió mucho más aguda de lo esperado y sus ojos revolotearon a su alrededor esperando a que su valiosa y preciosa prima no escuchara sus palabras.
Sin poderlo evitar, su tía soltó un amargado y triste sollozo que causó conmoción en ella misma. Con los ojos abiertos de par en par, Kirsten no sabía si debía levantarse y consolarla, o simplemente guardar las distancias y dejarla sumergirse en sí misma. Había veces en las que era preferible llorar sola que acompañada… Eso ella lo sabía perfectamente.
—…Es…—Su voz era cortada por los sollozos, pero su tía logró obtener fuerzas desde algún lugar de su interior como para hacer frente a lo que estaba a punto de decir —…Tiene leucemia.
En ese momento soltó todo el aire que sus pulmones habían estado reteniendo en espera de la noticia y observó fijamente al suelo.
De un tiempo hacia acá, Bridgette había comenzado a presentar síntomas extraños. Como siempre había sido anémica, desde que Kirsten tenía memoria, entonces no le habían dado mucho de que pensar. Pero como había empeorado enormemente, su tía la había llevado al médico justo esa misma mañana con intenciones de comprobar que le sucedía a su pobre y única hija.
…Solo para descubrir esto.
—¿Lo has hablado con ella, tía? ¿Lo sabe? —Al ver que su tía negaba con la cabeza, Kirsten se llevó una mano a la cara sintiéndose impotente.
—Planeábamos decírselo esta noche —Anna se secó las lágrimas con los dedos de las manos —, pero no deseo hacerlo sin que Karl esté con nosotras. Después que lo he llamado y le he contado lo que dijo el médico, me prometió que se regresaría esta misma tarde de su viaje de negocios.
Kirsten estuvo a punto de hablar, cuando en la cocina se oyó el sonido de platos caerse y romperse en el suelo.
—¡Mamá! —La voz Bridgette inundada por el terror se oyó como eco en la sala e hizo que ambas, tanto su tía como ella, se levantarán de golpe y corrieran a la cocina.
Jamás en su vida, una visión la había asustado y dolido tanto como esa.
Bridgette estaba en el suelo, intentando sostenerse con los bordes de uno de los mesones de la cocina, mientras que con su mano libre se cubría la boca sin lograr dejar de toser; en el suelo se veían los restos de unas gotas de roja sangre que sin duda alguna eran de su prima.
Apresurándose a caminar, entre ambas, levantaron a Bridgette con preocupación para dirigirse al automóvil y de allí al hospital más cercano.

***

Esa misma noche, Kirsten se miraba dolida en el espejo de su habitación mientras dejaba a su madre arreglarle el cabello en una agradable y solida coleta alta.
—Brid está en el hospital, mamá —Dijo, aunque su madre lo sabía perfectamente —. ¿No crees que sería mejor dejarlo por hoy aunque sea? No es lo correcto que fuéramos a esa fiesta estando tía en el hospital con ella.
Su madre suspiró cansada. Había escuchado la misma replica una y otra vez. Kirsten se había pasado la tarde completa en el hospital con su prima recién ingresada. La había visto sollozar con desconsuelo, mientras su tía lloraba a su lado al oír el informe del médico.
La leucemia se propagaba con rapidez para tratarse del cuerpo de una chica anteriormente sana de doce años.
Había querido llorar ella también, pero pensó que no tenía significado amargarles más la existencia a su tía y a su prima, por lo que en lugar de ahogarse en sus propias lágrimas sintiéndose triste y angustiada, les prometió a ambas que todo saldría bien y que Bridgette podría curarse. Pero las tres sabían que eso no era verdad.
Una enfermedad mortal e incurable. Eso era de lo que se trataba la leucemia.
Pero había una manera de controlarla y por eso es que Kirsten no había perdido las esperanzas aun.
—Tu tía está bien. Tu tío Karl ha llegado a hacerle compañía desde hace horas —Kirsten gimió en cuanto su madre tensó aun más sublimemente sus cabellos —. Además, no puedo decirle que no a la Señora Worth a última hora, sería una falta muy grave y desconsiderada de nuestra parte.
Siempre la apariencia antes que su familia. Así era su madre.
Cansada ya de replicar por sus ganas de no ir, y con los ojos rojos a causa de las lágrimas contenidas, Kirsten se quedó callada mientras su madre terminaba de arreglarla. Era preferible así a seguir oyendo sus palabras carentes sin sentimiento. Ya deseaba irse a la universidad para así tener que librarse de obligarse a hacer todo lo que su madre quería sin darle tiempo a negarse siquiera.
Les tomó exactamente media hora estar listas, y sin perder ni un minuto más partieron a la mansión donde se efectuaría la fiesta.
Llegaron justo a tiempo —Eso sería una a dos horas después de la hora pautada— y mientras entraba sumida en sus pensamientos hacia el salón, Kirs notó el grupo de jóvenes del cortejo social reunidas en una esquina parloteando sin cesar y riéndose probablemente de cosas sumamente banales.
Suspiró con cansancio mientras la expresión de su rostro se reducía a una triste mueca de resignación.
—¡Kirsten! —Exclamó su madre en un susurro —. ¡Quita esa cara ahora mismo! ¿Qué dirán las personas de ti? Que estas siendo obligada a ir a un lugar que no quieres, eso dirán —Lo que no estaba muy lejos de la realidad a decir verdad. Pero se abstuvo de abrir la boca y comentar sus pensamientos, y en su lugar simplemente se arremolinó las faldas y echó a caminar silenciosamente hacia donde se encontraban las otras jóvenes del cortejo de señoritas.
Que absurdo, tener que estar en un lugar así. ¿Para qué deseaba ella ser reconocida en la sociedad? ¿Por qué razón tenía que hacer cosas tan estúpidas como estas?
Probablemente, si Francesca estuviera aquí no la pasaría tan mal teniendo que fingir sonrisas y una personalidad encantadora. Por el contrario, probablemente estarían ambas en una esquina desternillándose de la risa por alguna broma pesada o travesura que hubiesen hecho.
Pero Francesca no estaba allí y Kirsten tenía que afrontar a los dragones escupe fuego de frente y sola.
Quizás el único consuelo de la noche era que sabía que bien entradas las doce, haría acto de presencia la imponente figura de Alexander Night. Con sus fabulosos y despeinados cabellos color castaño y aquellos misteriosos y fantasiosos ojos color azul… ¿O eran verdes? Nunca había estado segura del color, puesto que cada vez que lograba fijar la vista en sus ojos, estos se veían diferentes a la vez anterior.
Imaginó su alta y elegante figura enfundada en un traje negro noche y esa seductora y sensual voz deslizándose por sus oídos y atrapando su mente, llevándola a algún lugar secreto y excitante que solo compartían en sus más íntimos sueños.
Sus pensamientos sobre él siempre viajaban a un lugar donde no deberían ir. Por lo menos no los pensamientos de una joven que apenas e iba a cumplir sus diecisiete años. Debería comenzar a buscar con la mirada un lugar donde arrinconarse para poder observarlo bien esta noche… Después de aquel accidente en donde había terminado en sus brazos, se atrevía aun menos a poner un pie cerca de él por miedo a otro rechazo.
—Kirsten —Una de las jóvenes del cortejo, una alta y bien formada rubia con esplendidos ojos azules y cuerpo de modelo, la saludó con una sonrisa. Había chicas bastante atractivas como también había chicas simplonas y superficiales. Pero Abigail Denton, poseía un aura simpática y el atractivo perfecto como para convertirla en una beldad —. ¿Te has enterado?
Las expresiones de las tres chicas del consejo databan de la sorpresa y las ganas de cotillear. Pensando que no le había agregado el que era lo que estaban hablando, supuso que esperaban una respuesta en particular.
—No, ¿Qué cosa? —Preguntó parpadeando y situándose al lado de Abigail, quien miraba a ambos lados asegurándose que nadie oyera el tema que estaban tratando.
—Mi padre es uno de los socios de las empresas de Alexander Night ¿Sabes? Y esta tarde, pasando por su oficina me enteré de ciertas cosas —Era un habito de Abigail cotillear tras las puertas, probablemente ese era el único defecto que poseía esa hermosa joven —. Al parecer, el señor Night se ha ido esta mañana de Nueva York a Australia, sin razón aparente y por tiempo indefinido.
Y por segunda vez en el día… Pasando por el shock de la confesión, Kirsten se desmoronó nuevamente. Pero esta vez, pasó toda la velada en el baño de los Worth llorando por la sensación amarga de abandono y el corazón hecho pedazos.




NOTA DE LA AUTORA: Primero que nada, me encantaria agradecer con todo el corazón a todos aquellos lectores que se tomaron la molestia de dejarme comentarios en el capítulo anterior. También a aquellos que leyeron pero que no comentaron. Es agradable para mí, saber que de alguna manera me leen y tal vez les gusta lo que escribo.

Pero, quiero que sepan, que es muy importante para mí el apoyo de los lectores y sus opiniones a la hora de escribir. Simplemente, por qué me gusta saber si voy bien o voy mal a medida que avanza la historia... SI voy por el buen camino o si le hace falta algo. Además de eso que me hace tener ganas de continuar la historia cuando leo algún comentario.

Por eso... Quiero que sepan, que aunque no es algo obligatorio, mientras más comentarios y opiniones reciba más rapido habrá una actualización con un nuevo capítulo (Me parece que eso sonó mucho a soborno... jajaja) Pero no es obligatorio, como ya dice. Deja un comentario la persona que siente ganas de expresar al autor su apoyo y que le agrada darle animos al escritor... A todas esas personas que me apoyan y me dan animos con sus comentarios y mensajes (Por qué también recibo mensajes a mi e-mail y los contesto cuando tengo tiempo). A todos, muchisimas gracias.


Antonella Pizzi.