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Nada por ahora
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Besos a Medianoche. Capítulo IV. Parte I.



            —Disculpe… Exijo que me suelte enseguida —Mientras era arrastrada por un completo desconocido hacia un paradero igual de incierto para ella, eso fue lo único que se le ocurrió decir a Kirsten Shower.
            Arqueando ambas cejas, pasó a observar su propio antebrazo que era sujetado con suavidad por una mano masculina enguantada, y seguidamente alzó la vista clavándola en la nuca de aquel hombre extraño de cabellos castaños. El antifaz blanco del hombre era realmente resaltante, de verdad sintió envidia de ese antifaz —Alguna vez sintió la necesidad de vestirse del fantasma de la opera, pero jamás encontró la vestimenta adecuada—.
            El señor anónimo, la miró por sobre el hombro con esos profundos ojos de un color indescifrable; de hecho seguía preguntándose si eran realmente verdes ó azules.  ¿Por qué razón le parecían tan conocidos?... Se parecían a los de Alexander Night…
            Parpadeó un poco sorprendida por su pensamiento.
            ¿Estaba siendo arrastrada por un verdadero extraño, y de nuevo lo que se le venía a la cabeza era Alexander Night? ¿Se había vuelto loca? Probablemente, hacía unos cuantos años atrás.
            El hombre la miraba fijamente mientras caminaba, con un brillo de absoluta aprobación en lo más profundo de sus ojos y una sonrisa de medio lado.
            —¿Le molesta que la toque? —Preguntó arqueando una de sus cejas.
            Kirs en cambio apretó los labios y arrugó la frente al oír la pregunta.
            —Lo que me molesta es que me este arrastrando con usted. No me preguntó si quería ir, solo comenzó a tirar de mi como si fuera un saco de papas —Alegó mientras intentaba detener el paso del hombre, afirmando ambos pies en el suelo. Pero era inútil… él era tristemente mucho más fuerte que ella.
            El hombre rió, lo cual a ella le pareció aun más irritante.
            —Oiga, no soy su payaso personal ¿De acuerdo? Ahora suélteme antes de que recurra a mi última opción: Gritar.
            De alguna forma, Kirsten sentía que en lugar de asustarle la idea de ser encontrado como un pervertido acosador, él parecía más bien divertido tanto por la situación como por la visión de ella gritando en medio del salón de baile.
            —Debería estar más agradecida, Señorita Shower, le salvé de aguantar un buen rato más en compañía de un verdadero pervertido —Touché. Él tenía razón —. Así que lo que pido de cambio, son unos minutos en su compañía.

***

            Alexander se sentía demasiado entretenido en esos momentos.
            Había recordado a Kirsten Shower como una jovencita callada y relegada siempre a quedarse en un rinconcito de los salones de baile. Apenas y había sabido cosas de ella por intermediaria de Francesca, que algunas veces en las pocas visitas que había hecho a Blasius durante su ausencia en Nueva York —Actualmente, Blas y Francesca vivían en Alaska y pensaban trasladarse a algún país latino durante un tiempo—, ella sacaba a tema sus llamadas con Kirsten.
            Sabía que su flor favorita era el girasol y que su pasatiempo ideal era tener la cabeza dentro de un libro. Estaba enterado que ella estaba a punto de terminar la universidad, y estaba en medio de prácticas como profesora de primaria y educación elemental.
            La había mantenido siempre, grabada en sus memorias como una jovencita de apenas diecisiete años.
            Tal vez por eso no se preparaba para lo que encontró.
            Apenas cruzó la puerta de entrada —Con una invitación robada, cuya procedencia no deseaba explicar en esos momentos—, se dedicó a buscar a Kirsten con la mirada mientras se hacía paso entre las personas.
            No mucho tiempo después, una cabellera color rojiza —Casi naranja— captó su mirada. Definitivamente era la única mujer con ese tono de cabello dentro de la mansión; si alguna vez hubiera habido alguna otra, seguramente ya se lo habría tintado de otro color. En lo personal, Alex había adorado el cabello de Kirsten, era hermoso y especial.
            Y saber que ella no se lo había tintado de algún color distinto, lo hacía sentir inexplicablemente satisfecho.
            No había venido allí por ella. Se había repetido muchas veces, pero aun así, su mente no pudo controlar a su impulsivo cuerpo que sin más que esperar comenzó a andar con la vista en alto hacía su compañera.
            Y por Odín[1]. Mientras más se acercaba, más su cuerpo ardía.
            Definitivamente era ella, pero era toda una mujer, nada que ver con la niña a la que había visitado por última vez en su alcoba hacía ya cinco años. El vestido turquesa con hermosos decorados, enfundaba a Kirsten como si de un guante se tratase, realzaba los atributos de su cuerpo y probablemente hacían brillar sus ojos azules.
            La piel del escote se veía cremosa y suave; y sus labios rojos resaltaban sensualmente mientras hablaba.  Bella. Indiscutiblemente bella.
            Ahora no sabía si haber vuelto era tan gran idea como lo hizo sonar Ethan en Sidney.
            Luego su mirada había viajado hacía el compañero de Kirsten, quien la miraba como si se estuviera desnuda y ofreciéndosele descaradamente. No falta decir que eso lo hizo molestar, casi como si una bestia se agitara en su interior completamente furiosa.
            Solo él podía tocarla. Sólo él podía mirarla de esa forma. Kirsten Shower era suya, solo suya.
            Y así fue como se aproximó a ellos sin pensar y se llevó a Kirsten, como ella dijo, arrastrada y sin preguntar.
            De alguna forma, Alex había esperado que ella se mantuviera callada y se dejara llevar por él, tal vez por eso fue que se sorprendió tanto cuando ella comenzó a luchar contra su agarre y posteriormente se quejó de ser tratada como un saco de papas.
            Ahora se sentía indudablemente divertido.
            Los agiles y brillantes ojos de Kirsten Shower lo miraban fijamente completamente disgustada. ¿Desde cuándo esa niña se había convertido en una mujer tan segura de sí misma? Ah… Cierto… estuvo cinco años completamente ausente de su vida.
            ¿Por qué esa idea lo deprimía repentinamente?
            —¿Acaso no hay ninguna persona que pueda hacerle compañía?... Que solitario —Dijo ella asintiendo —. Pero lo cierto es que tengo cosas que hacer.
            —¿Cómo escurrirte por los rincones oscuros hasta encontrar una salida? —Preguntó Alex con interés, sin apartar la vista de ella.
            Kirsten parpadeó sorprendida y enseguida pasó a mirarlo con algo de desconfianza y mucha cautela.
            —¿…Quien es usted? —Susurró enarcando ambas cejas.
            Parece que ya no se dedicaba a huir por los rincones.
            —Pensaba que en las fiestas de disfraces no se revelaba la identidad —Alegó con una sonrisa satisfecha, y Kirsten lo miró completamente estupefacta.
            —Seamos sinceros, somos los únicos que llevan un antifaz esta noche —Aprovechando la distracción y que habían dejado de caminar, Kirs se soltó de él y pasó a cruzarse de brazos.
            Alex miró con cuidado alrededor y enarcó las cejas.
            Le daba la razón a Kirsten. Había toda clase de trajes, pero nadie que evocara el lado romántico de  las fiestas de disfraces. En esos momentos era cuando extrañaba las antiguas fiestas de sociedad y sus extravagancias… Podían ser mucho más agradables que las de la actualidad.
            Regresó a mirar a Kirsten, un mechón de su cabello se escapó de su peinado y se deslizó desde su nuca hasta el escote. Inevitablemente, Alex estiró su mano y deslizó el rebelde mechón tras la oreja de la joven.
            —Definitivamente, creo que el Londres de mil ochocientos, sería una mejor época para ti —Admitió con voz suave, manteniendo su mano y rozando con suavidad la oreja de ella con la punta de los dedos.
            Los ojos de ella lo miraban de regreso abiertos de par en par, mientras se estremecía ligeramente ante los delicados roces. Se veía absolutamente tentadora, sobre todo esos labios entreabiertos y coloreados de un tono suave y discreto.
            Que Odín tuviera piedad de él…


[1] Dios de los cielos. El Dios más poderoso dentro de la mitología nórdica/escandinava.

6 comentarios:

Anónimo

Muuuuuuuuuuuuy bueeeeno Antonella, jajajajajajaja que lindo Alex no quiere ir detras de Kirs como un perro

Anónimo

hola, esta historia promete mucho, espero con ansias el proximo capitulo. NO dejes de escribir, tienes talento, me ENCANTO el primer libro de esta saga, es uno de mis favoritos. tu blog es genial, sigue adelante.

LO

hace tiempo q queremos ver como sigue la historia ,porfas queremos más, mucha suerte

Anónimo

Q bruta yo, q no me hab{ia pasado por aquí a leer.


Quiero otro capítuloooo



Firiel.

Anónimo

Que bueno que me pase a leer por aquí; no perdía las esperanzas de encontrar los nuevos capítulos :)

Anónimo

Dios!!...esto cada vez se pone mejor!