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Nada por ahora
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Besos a Medianoche. Capítulo VII. Parte II
Abigail comenzó a mirar nerviosamente a los lados sin
saber que decir. Aunque separaba los labios, no salía ni una sola palabra de
los mismos. Kirsten se cruzó de brazos con expresión acusadora y bastante
molesta.
—Abigail Denton, sabes lo mucho que odio que me ocultes
cosas —Declaró enarcando ambas cejas y frunciendo el ceño en señal de
autoridad. Odiaba cuando Francesca, su vieja amiga desde hacía años, le
ocultaba cosas de su vida personal. No estaba dispuesta a tolerar lo mismo de
Abby.
Abby tomó aire varias veces. El rostro le adquirió un
tono rojo profundo, que siempre sucedía cuando estaba avergonzada o presionada.
Lentamente se movió de la puerta y la abrió con la cabeza
gacha.
A Kirs le pareció un poco extraño que cediera tan rápido
en la conversación, pero simplemente caminó hasta el marco y asomó su cabeza. Tuvo
que ahogar un grito.
Un enorme perro… No, era demasiado grande para ser un
perro. Un lobo estaba echado tranquilamente en la alfombra de la habitación de
Abby, regresándole la mirada como si de nada se tratara. Era de un pelaje negro
y profundo, que Kirsten tuvo que contenerse a la idea de persignarse.
—¡¿Qué hace esta cosa en tu habitación?! ¡¿De dónde lo
sacaste y como hiciste para poder traerlo?! —Su voz salió en un tono más bien
sorprendido, horrorizado e irritado haciendo que Abigail bajara más la cabeza.
—¡Sabía que reaccionarias así!... Por eso no quería
decirte nada —Susurró Abigail.
—¿Es que has perdido la cordura? —Kirsten se giró y la
miró fijamente aun escandalizada —. ¡Se trata de un lobo salvaje! Podría
haberte mordido y arrancado una mano, Abigail ¿Por qué no piensas?
—Es solo un pobre perro malherido, Kirsten, él no nos
hará nada a ti ó a mí —Entrecerrando los ojos, Abby se cruzó de brazos
ligeramente ofendida por las palabras que ella había dicho antes —. Se quedará
en mi habitación hasta que se recupere.
Cada vez la impresionaba más las irracionalidades que oía
salir de la boca de Abigail, pero esta vez definitivamente era la gota que
derramaba el vaso. Con la respiración entrecortada por la angustiosa
conversación, Kirsten regresó a mirar al supuesto perro.
—¡Aquí está prohibido tener hasta a un perro del tamaño
de un dedo! ¿Cómo pretendes hacerte cargo de este mastodonte? ¡Por Cristo! —El
susodicho se puso de pie, y mirándolas intensamente como si pudiera entender
todo lo que hablaban comenzó a caminar a paso lento y cojeando hasta ellas.
Kirs soltó un profundo alarido y dio varios pasos atrás.
—¡Ni te atrevas a dejar que se acerque a mí!
Abby la miró con los ojos entrecerrados y luego se
acuclillo para recibir al LOBO —Porque eso definitivamente era un lobo y no un
perro— abrazándolo con fuerza y cariño manteniendo el completo cuidado de no
lastimarlo en el proceso.
—No pasa nada, pequeño —¡¿pequeño?! ¡Dios bendito! —. Te
puedes quedar aquí hasta que mejores, yo voy a estar aquí para cuidarte.
—¿Te has vuelto loca? En primer lugar aquí no pueden
haber mascotas… —Rápidamente entrecerró los ojos al percatarse de algo en
particular —¿Cómo conseguiste que entrara, Abigail?
Ella rió mientras seguía haciéndole cariños al enorme
animal, quien aparentemente disfrutaba de su suerte en esos momentos. Kirsten
en cambio, no se sentía para nada satisfecha de cómo estaban transcurriendo las
cosas.
—El guardia de turno estaba durmiendo plácidamente, así
que no hicimos ruido para evitar despertarlo —Dijo con voz cantarina y casi
orgullosa de la hazaña.
Era verídico. Las echarían de allí.
Kirsten se acercó a ambos, y enseguida el lobo se puso en
alerta y gruñó mostrándole los dientes, lo cual la hizo retroceder enseguida.
—E-Esa cosa no puede quedarse aquí… —Susurró con voz
temblorosa. Era aterrador pensar que un animal del tamaño de ese supuesto
perro, viviría bajo su techo. Ahora comenzaban a disgustarle los perros.
Abby rápidamente la miró por sobre el hombro con los ojos
brillantes.
—Por favor —Suplicó —. Cuidaré de él y lo mantendré en mi
habitación —Abby se puso de pie mientras la observaba con tal grado de
esperanza que era angustioso —. Vamos, Kirs, deja que se quede hasta que se
cure ¿Vale?
“No puede ser…”.
Odiaba cuando Abby la miraba de esa forma, se sentía como una madre dispuesta a
negarle algo que su pequeña hija menor deseaba con todas sus fuerzas. La hacía
pensar que era la peor persona sobre la tierra.
Suspirando pesadamente asintió.
—Está bien, pero me lo prometiste que no saldrá de tu
habitación, así que te las arreglas con sus “necesidades” —Rápidamente
entrecerró los ojos y se cruzó de brazos —. Y que quede claro que al primer
signo de revuelo que haga tu querido can, lo quiero fuera del departamento.
No había terminado de dar las normas de convivencia
cuando Abby ya la estaba abrazando y riendo feliz.
¿Cómo podía alegrarla tanto un animal de esa magnitud que
parecía tirar a morder ante la menor amenaza?.
“Mientras más
rápido se cure, más rápido se irá…”.
***
—Llevas una hora hablando conmigo aquí, y no has
respondido a lo que te pregunté —Alexander, ya bastante molesto por el rumbo de
los acontecimientos se puso de pie de su sillón y miró con disgusto al líder del
clan Night —. Esto no ha sido más que una pérdida de mi tiempo y probablemente
puse en peligro más de una vida de nuestra raza.
Hall parecía extremadamente divertido mientras lo miraba
fijamente enarcando las cejas. Estaba muy ocupado tomando su té y jugando con
las palabras para confundirlo de una u otra manera.
Era un lugar insoportable, ahora comprendía por qué a
ninguno de los vampiros —E inclusive los lobos— tenía como primer recurso ir a
con Hall Knight para buscar información. Era igual ó peor que someterse a un
acto de tortura mental.
El lobo frente a él le encantaba jugar con lo que decía,
encontraba totalmente agradable hablar entre acertijos que desde luego sólo él
comprendía.
—No tienes paciencia, vampiro —Para ser una bestia, Hall
era un tanto elegante en su forma de moverse y en su apariencia. Cualquiera
podría confundirlo por un hombre de buena cuna con aires de aristocracia.
—No, no la tengo —Admitió —. Tú más que nadie debes
entender lo preocupado que están los del consejo con las repentinas muertes de
magnates vampiros. Ellos creen que fueron ustedes, y estoy aquí para saber la
verdad. Pensaba que los lobos estaban en una alianza de paz con nosotros —Entrecerrando
los ojos con expresión seria y un poco fría —. Sabes que si se demuestra que el
pacto de alianza fue violado, iniciará una guerra ¿No?
—Lo sé —Dijo Hall divertido, lo que lo enervó aun más de
lo que ya estaba —. Pero me temo que no puedo ayudarte en lo que buscas…
¡Joder! ¿Y a esas alturas se le ocurría decirlo?
—Suficiente, me largo de aquí —Salió de detrás de la
mesita de café de madera fina que estaba frente a los muebles y comenzó a
caminar hacia la puerta.
—…Pero… —La voz fuerte de Hall lo detuvo de golpe —. Hay
un lobo, que quizás si pueda serte útil.
Alex lo miró por sobre el hombro con expresión sombría.
—¿Tienes alguna idea de todas las vueltas que he dado?
Voy de lobo en lobo —Dijo irónicamente.
Hall rió.
—Lo sé, pero estoy seguro que está vez conseguirás lo que
buscas. Su nombre es Ralph —Hall apoyó su barbilla en una mano, aun con esa
molesta expresión divertida reflejada en su rostro ¿Estaría jugando con él
todavía? —. Es el guardián de los lobos del norte, puedes encontrarlo a las
afueras de la ciudad a él y a sus seguidores. Aunque no te prometo nada, está
ocupado buscando a un par de lobos desaparecidos.
Repentinamente interesado por las palabras del líder, se
giró sobre si mismo y lo miró fijamente.
—¿Desaparecidos, dices?
—Sí —Tomando aire, Hall se recostó perezosamente del
espaldar del mueble mientras repasaba sus largos cabellos azabaches con una
mano —. Dave Black y Lucas Black, el líder y el segundo al mando del clan Black
llevan un par de días desaparecidos.
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¡Feliz navidad y año nuevo un poco atrasado, chicas! Muchos besos y abrazos, lamento mucho la demora pero me alegra anunciarles que ya estoy de vuelta en mi casa.
¡A continuar con la rutina!
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Besos a medianoche. Capítulo VII. Parte I.
Largas horas de trabajo, de
eso estaba compuesto los días de Kirsten. Las prácticas como profesora no eran
nada fácil en comparación con lo que enseñaban en sus clases de pedagogía
infantil, y en ese preciso instante estaba feliz de que las luchas contra los
niños para evitar que huyeran por la puerta del salón hubiesen cesado.
Se encontraba en el pequeño baño de la escuela elemental.
Kirsten se miraba fijamente al espejo con expresión
cansada, su cola alta en la que había atado sus cabellos temprano en la mañana,
ahora estaba hecha un desastre; y su delantal con pintorescas flores y caritas
felices totalmente lleno de comida y pintadedos. Y aun así, no tenía intención
de dejar de lado su sueño de ser profesora de jardín.
Sólo que nunca estuvo preparada para la realidad cuando
comenzó las practicas.
Los niños eran unos diablillos, con pequeños momentos de
ternura y tranquilidad a lo largo del día.
Sus prácticas eran de seis a seis. Tenía un grupo en la
mañana, y luego entraba otro en la tarde, posteriormente podía irse a casa y
dormir una buena dosis ya que sólo le tocaba estar allí interdiario —Tres días
a la semana para ser exactos—.
Se lavó la cara, retirando el maquillaje ya en un estado
de decadencia; seguidamente se deshizo la coleta y peinó sus cabellos, para
finalizar quitando y guardando su delantal sucio dentro de su maleta.
Cuando se sintió lo perfectamente estable para no caerse
de camino a casa, se colgó el bolso con sus cosas a un hombro y salió del
hombro. Casi siempre era la última en salir, así que no le extrañó ver que solo
quedaban las señoras hispanoamericanas del aseo limpiando los pasillos.
—Nos vemos mañana, María,
Carolina —Ambas mujeres alzaron la vista, y le sonrieron con amabilidad.
—Cuídate, muchacha,
que Dios te haga compañía hasta casa [1]—Dijo
María, con una escoba en la mano y despidiéndola con la otra libre. Tenía un
acento mexicano sumamente marcado.
Aunque no entendía muy bien lo que la mujer dijo, Kirsten
asintió y le sonrió con dulzura.
Eran mujeres amables y honradas. En las semanas que
llevaba allí, se habían ganado su cariño; ambas eran cincuentonas y trataban a
todos allí con una sabiduría y una maternidad sin fin. Ya fueran a las
profesoras ó a los mismos niños, no dudaban en prestar sus manos cuando fuera
necesario.
Salió del lugar un poco más animada de lo que había
esperado. Kirs repasó las cosas pendientes por hacer antes de darse el sueño de
su vida —entre ellas por supuesto, llamar a su madre—.
Bajó uno a uno los escalones que seguían a la puerta de
la pequeña escuela para niños entre dos y cuatro años, y ajustando el bolso a
su hombro se dispuso a caminar.
No dio muchos pasos antes de sentir la piel de la nuca
erizarse de forma automática. Kirsten pasó a detenerse abruptamente por el frío
que recorrió toda la extensión de su columna, haciéndola pasar saliva; miró
discretamente por sobre su hombro hacía el vacio y apenas iluminado
estacionamiento, donde las maestras parqueaban sus autos.
Se había sentido observada… Pero no había ni un alma allí.
Lo cual era sin duda muy alarmante.
Apenas eran las siete pero ya estaba muy oscurecido el
ambiente, señal de que el invierno no tardaba en llegar.
Rápidamente se giró y regresó a caminar aun más deprisa,
lamentablemente los alrededores estaban demasiado solo a esas horas, a
excepción de uno que otro automóvil que surcaba la avenida.
Cómo decía su padre, mejor era prevenir que lamentarse
las consecuencias; así que no iba a detenerse a esperar a que algún ladrón o
delincuente se abalanzara sobre ella por quedarse relegada mirando los
alrededores.
Tardó poco en dar con un área transitada, y suspirando
aliviada pasó a mezclarse con las personas.
Lo bueno de la escuela en donde hacía sus prácticas, era
que quedaba a sólo unas cuadras del departamento que compartía con Abigail,
pero aun así al final del día le parecía que quedaba a largos y dolorosos
kilómetros.
Por eso, quizás, fue que Kirsten creyó ver el paraíso
cuando divisó la entrada al conjunto de departamentos.
El guardia de turno estaba dándose una siesta, mientras
el que iba a sustituirlo la saludó y entró al pequeño bañito de la cabina de
seguridad, probablemente para cambiarse. Ella le regresó amablemente el saludo
con un asentimiento de la cabeza; en su mente, Kirs se preguntó si Abby había
pasado a recoger el correo.
Bueno… Estaba demasiado cansada, no pasaría nada si lo
recogía en la mañana.
Tomó aire y continuó su camino hacia el ascensor. Se
alegraba de que ese sitio fuera tan tranquilo, y que los vecinos se desentendieran
de los otros habitantes… Así se evitaba la mortificación de detenerse a hablar
con alguno de ellos. Por no decir que era una arpía, Kirsten saludaba
cortésmente a sus conocidos en la misma planta donde se localizaba su
departamento, pero ella no estaba allí para hacer buenas migas con nadie así
que simplemente llevaba todo al margen.
De nuevo, sintió que transcurrieron horas antes de que el
ascensor se detuviera en el quinto piso. Y de nuevo, se alegró que no hubiera
nadie por allí a esas horas puesto que, torpemente tropezó cuando salió al
pasillo.
“¿Estoy tan cansada?
Siento que voy a caerme de camino a mi cama”. Pensó.
Se veía a sí misma saltándose la cena.
Lo lamentaba por Abby, pero de nuevo le tocaría cenar
algún enlatado.
Sacó sus llaves del bolso y las introdujo en la cerradura,
fue como cantar de ángeles oír la misma abrirse. Entró en silencio y cerró con
cuidado la puerta tras ella para recostarse en la madera un par de minutos.
Necesitaba tanto dor… Un momento.
Kirsten entrecerró los ojos al oír como varias cosas se
caían desde la habitación de Abigail. Era raro siquiera escuchar algún sonido
proveniente de la pieza de ella… Era casi como vivir con un muerto durante la
mayor parte del día.
—Ssh… ¡No hagas tanto ruido! —La voz de Abby se oyó más
que claramente desde donde estaba. Kirsten dejó con cuidado su bolso cargado de
cosas en el suelo y comenzó a caminar hacía la habitación de su compañera de
piso.
“¿Con quién está
hablando?”.
Con mucho silencio y algo de cuidado de hacer algún tipo
de sonido que pudiera alertar a Abigail, Kirsten caminó hasta la puerta cerrada
—cosa que la impresionó, Abby jamás cerraba la puerta para cuando Kirsten
llegaba— y apoyó la oreja sobre la madera.
Oía a Abby hablándole a alguien totalmente desconocido.
Kirsten de nuevo se movió en silencio hasta el otro lado
del departamento, abrió la puerta de la entrada y la cerró con fuerza.
—¡Abby, ya llegué! —Exclamó en voz alta. Sumamente alta.
Fue gracioso oír como ella, en su habitación, se
alteraba. Sonidos. Sonidos. Aparentemente algo volvió a caerse… Se preguntó que
había sido esa vez.
…Y milagrosamente, Abigail salió y cerró rápidamente tras
ella. No podía lucir una expresión más obvia y culpable porque simplemente era
imposible; Abby la miraba con fijeza, con las manos tras la espalda y su
respiración agitada.
Kirs pasó a entrecerrar los ojos.
—¿Pasó algo?
—¡No! ¿Cómo crees que pudo pasar algo? Está todo
perfectamente bien, lo juro —No hacía falta mencionar, que Abby parecía tratar
de convencerse a sí misma de lo que decía. Lo cual era sin duda alguna aun más
sospechoso.
—¿Cómo te fue en la editorial? —Preguntó Kirsten
cruzándose de brazos.
La expresión de Abby adquirió un tono un poco más
realista y menos fingido de lo que había tenido momentos atrás.
—mm… Bastante bien. Tengo que corregir algunas cosas que
todavía no les agradan —Susurró con una vocecita —. ¿Podemos pedir pizza para
cenar esta noche?
Kirs estuvo a punto de contestar, cuando oyó un sonido
proveniente de detrás de la puerta que Abigail intentaba proteger con su vida.
—¿Qué ha sido eso? —Kirs miraba fijamente la madera de
roble aun más interesada.
[1]
Del español original.
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NOTAS DE AUTORA:
Hola, chicas. Siento mucho la tardanza en aparecer, pero aunque ya estoy en Venezuela no había tenido internet hasta ayer; y lamentablemente no alcance a publicar.
Aquí están los capítulos que debía.
Besos y abrazos a todas, y muchisimas gracias por esos comentarios que me animan y me ayudan a conseguir motivación e inspiración.
Antonella.
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Besos a Medianoche. Capítulo VI. Parte II B.
A paso lento y con los ojos
entrecerrados, se abrazó a sí misma y comenzó a caminar al interior de la
brumosa oscuridad. Arrugó la nariz, el aroma era terriblemente fétido: olía a
restos de comida en descomposición ligado al hedor de alguna rata muerta.
Nunca tenía la suficiente intensidad en su vida, pero
probablemente esta no era la solución.
Y aun así allí estaba ella, adentrándose y sumiéndose a
un paradero desconocido.
¿Y si se trataba de un violador ó un asesino?
Repentinamente alarmada por la idea —Qué antes no había
barajado— dio un paso atrás, tropezando con uno de los innumerables botes de
basura que la oscuridad no le dejaba vislumbrar.
“Oh-Oh”.
Clavó la mirada fijamente en lo profundo del callejón,
con los ojos dilatados y la respiración entrecortada.
Regresó a retroceder más
rápidamente, abrazándose con fuerza a su grueso manuscrito; pero fue
totalmente inútil. En su proceso de salida del callejón, abruptamente un
repentino bulto en la parte de atrás de sus pies la hizo caer de trasero contra
el maloliente suelo.
“¡¿Pero qué
demonios?!”.
Boquiabierta, Abigail miraba fijamente el pelaje sobre el
que ahora descansaban sus pies.
¿Un perro? ¿Cómo había llegado allí?. Con la respiración
entrecortada, Abby apartó rápidamente sus pies de sobre el pobre animal y
extendió su mano con cuidado hacía él.
Repentinamente, las orejas del perro, qué estaba en el
suelo extendido y acostado sobre sus patas delanteras —Aparentemente
inconsciente— se alzaron a la vez que intentó ponerse de pie soltando un sonoro
gruñido.
Abby se sintió aturdida. Un par de brillantes ojos verdes
le regresaban la mirada.
Incluso en la oscuridad era imposible no identificar el
color. Tomó aire repentinamente ¿Iba a morderla? ¿Por qué demonios no podía
levantarse? Su cuerpo estaba en una especie de trance, completamente helado y
sin posibilidad de movimiento.
—Tranquilo. No voy a hacerte daño —Susurró con una voz
tan calmada que la sorprendió.
Tenía un perro aparentemente rabioso y dispuesto a
atacarla, y ella no estaba nada asustada.
Abby pasó saliva y con mucho cuidado, extendió su mano y
acarició el suave y espeso pelaje que ni siquiera podía distinguir por la falta
de luz. El enorme animal gruñó y se tensó sobre ella, pero a medida de que
Abigail lo acariciaba con cuidado pasaba a relajarse con suavidad bajo su
tacto.
Jamás había visto a un perro tan impactante que hasta
parecía más bien… un lobo.
Mientras deslizaba su mano sobre él, sus dedos tocaron una parte del pelaje
húmedo. Abby parpadeó y terminó alzando su brazo para aspirar el aroma de lo
que había tocado para así identificarlo.
“…Hierro…”. Definitivamente era el profundo hedor de la sangre.
Miró de nuevo al animal a los ojos. Esos ojos tan intensos que parecían
comprender lo que ella hacía ó lo que pensaba.
—Estás herido… —Susurró en una afirmación.
Abigail no se sentía lo suficientemente cruel para dejarlo en ese lugar y
con una herida de dios que sabe la profundidad.
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