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Nada por ahora
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Besos a Medianoche. Capítulo I. Parte I


Capítulo I. Parte I.

Alex rellenó la copa con vino clásico francés, no lograba calcular cuánto había tomado. Sus verdes ojos, cerca de verse azulados, se hallaban entrecerrados pensativamente y clavados en la nada. Se encaminó hasta quedar al frente del escritorio de fina madera pulida y luego se dejó caer en silencio sobre el mobiliario. Planificaba con lentitud las decisiones que estaba dispuesto a tomar y a efectuar mientras los rastros de su pasado se filtraban en su cabeza, a pesar de que se negaba a recordar nada de su vida antes de convertirse en vampiro. Alexander Night no estaba hecho para tener compañera. No había nacido con la intención de atarse a una mujer. Y sobre todo, se negaba a causar más muertes y sufrimientos.

—Mi señor, tiene visitas —La voz de su mayordomo hizo que saltara de su silla y derramara cierto contenido de la copa de vino en la alfombra. Su sirviente arqueó una ceja por la falta de compostura que nunca antes había vislumbrado en su amo.

—¿Por qué no has tocado la puerta, Theo? —Su mayordomo parpadeó unas cuantas veces.

—Mi señor, no es por contradecirle, pero toqué la puerta aproximadamente cinco veces. Usted no contestó por lo que me preocupé y por esa razón entré sin su aprobación.

Alexander apretó los labios, había estado tan sumido en sus pensamientos sobre Kirsten y lo que haría de ahora en adelante para separarse de ella, que no había notado lo que acontecía a su alrededor. Las compañeras volvían estúpidos a los hombres.

—¿Quién podría ser a estas horas? —Preguntó, observando como el reloj marcaba las cuatro. Nunca había nadie que lo visitara antes de las siete de la noche y que esta fuera la primera vez que alguien venia a su casa a horas de la tarde, le hacía fruncir el ceño. Desde la noche anterior, cuando había llegado del pequeño interludio en la habitación de Kirsten llevaba encerrado en su estudio privado, le molestaba que alguien hubiese interrumpido sus momentos de meditación.

—Dice ser la señorita Francesca Agnes.

Alex abrió los ojos de par en par y luego se enderezó.

—Hágale pasar.

Su mayordomo inclinó la cabeza y luego salió por la puerta dejándolo totalmente solo.

Su estudio estaba compuesto por varios muebles de madera oscura y una pequeña mesa de café entre los muebles. En una esquina se hallaba su escritorio con la silla de tapizado de cuero; en la pared había una pequeña estantería con algunos libros que tenia pautado leer, la mayoría eran de poesía y acostumbraba a cambiarlos por otros de la biblioteca que se hallaba en la otra habitación. Un mini bar con distintos tipos de licores y vinos estaba aferrado a la pared al lado de la puerta.

Movió el cuello en forma circular con intenciones de aliviar la tensión de sus músculos.

La puerta se abrió de nuevo y apareció la figura de Theo, seguida por la menuda y delgada silueta de la compañera de Blasius Nortton.

Era delicada y no muy alta. Sus cabellos castaños caían en preciosos tirabuzones hasta la cintura, a pesar de llevarlos sujetos en una cola alta cerca de la coronilla. Sus ojos eran dos enormes pozos, de un tono chocolate, cálidos, mimosos e inocentes en su mayor parte. Tenía el rostro levemente redondeado y mejillas siempre coloreadas de un rosa pálido. Los labios eran perfectos, el de abajo quizás algo más grande que el de arriba, pero esa diferencia solo llegaba a ser atractiva. Su cuerpo estaba vestido con el uniforme de su instituto; la falda de cuadros escoceses le llegaba casi hasta las rodillas y el saco azul marino estaba colgando en su brazo izquierdo.

Era una chica joven y demasiado bonita. Tal vez no hermosa, pero definitivamente muy mona.

—Pequeña Fran, es todo un honor para mí tenerte aquí visitando mi humilde hogar.

Ella rodó los ojos pero igual una pequeña sonrisa adornó encantadoramente sus labios.

—Esta casa, de humilde no tiene absolutamente nada —Le dijo casi con una risa imperceptible.

—Pues te aseguro, querida, que no es para nada tan impotente como la mansión de tu apuesto caballero.

Ahora sí, ella rió estruendosamente, arrancándole una sonrisa. Había algo en esa pequeña chica que causaba un enternecedor sentimiento de fraternidad en su pecho.

—Estoy casi segura, que Blas se moriría si te oyera llamarle “apuesto caballero” —Francesca se aproximó al mueble al frente de donde se encontraba sentado —Con su permiso, entonces, me sentaré.

—Oh, desde luego, disculpa mis malos modales. Ella deslizó sus manos por la falda mientras se sentaba en el sillón, luego llevó ambas manos hacia sus rodillas y las dejó descansar allí. Alex ladeó discretamente el rostro ­—¿A qué se debe tu encantadora presencia?

Francesca observó el suelo con sumo interés y con una pequeña y tímida sonrisa en su cara.

—Por lo que sé, eres uno de los vampiros más viejos —Afirmó, mordiéndose el labio inferior. Eso era cierto, él era el sexto vampiro más viejo… Con alrededor de mil años de vigencia.

—¿De qué podría servirte esa información, Francesca?

—Tengo que hacerte una pregunta, más bien una inquietud que creo eres el único con el que puedo tratarla —Los ojos de ella revolotearon alrededor de la habitación, buscando clavarlos en cualquier parte menos en donde él se encontraba —Si me convierto en vampiro como tú, eso significa tener que separarme de todos los que conozco ¿Cierto? En cuanto noten que he dejado de envejecer… Tendré que dejar mis seres queridos de por vida.

La respiración de Alex se ofuscó. El silencio hizo presencia en la sala, solo el sonido del reloj de pared negro, que se hallaba junto a la ventana, era lo único que se atrevía a romper el momento en el que él y Francesca se abstuvieron de hablar. Alexander se dedicó en ese instante a hacer algo bastante interesante, quizás no para Francesca, pero desde luego que sí, para él mismo. Se levantó del asiento y se dirigió al mini bar, caminando lentamente intentando ocultar su repentina frustración.

Tomó uno de los vasos y abrió casi con desesperación la botella de whisky. Llenó el vaso hasta llegar casi a los bordes y llevándolo a sus labios, ingirió todo el contenido de un solo trago. Sintió ese similar escozor en su garganta y luego su estomago… Para después no sentir más nada que un carente y pobre vacio en su ser. Los ojos de Francesca lo observaban fijamente, parpadeando con sorpresa ante su actuación.

La chica se llevó un mechón de cabello castaño, que había escapado de su cola, detrás de su oreja.

—¿No es malo que tomé de esa forma el licor? Me refiero… ¿No sería algo peligroso? —Preguntó observándolo con algo de interés, entremezclado con una fría y detallada preocupación.

Alex simplemente rellenó de nuevo el vaso, y volvió a llevarlo a sus labios, esta vez tomándolo mas lentamente y con suavidad.

—Soy inmortal —Lo dijo como si se tratara de una mera novedad —Cambié parte de mi experiencia de vida por la habilidad de ingerir comida y tomar bebidas. Pero aun así, estas no interfieren con el funcionamiento de mi organismo… Para mí tomar cien cajas de alcohol, se trata de lo mismo como si un humano tomara una botella de agua.

Los ojos de ella rodaron mientras boqueaba por el dato.

—Guau… —Susurró —…Eso es el sueño de todo alcohólico.

Alex carraspeó.

—Si, claro —Tomó otro trago de su bebida.

Francesca sonrió dulcemente.

—Me parece algo muy humano de tu parte, haber escogido algo así.

Ciertamente, lo fue. Sus ojos se oscurecieron con dolor… Sentimiento que se obligó a sí mismo a ocultar, cerrando los parpados unos instantes mientras caminaba hasta alcanzar la ventana. Lentamente, el sol se ocultaba tras el horizonte.

—Hay veces, querida Francesca, en que algunos vampiros, después de obtener la inmortalidad ansiada por muchos, solo desean volver a aquella época en la que eran humanos. Un deseo idiota e imposible de cumplir totalmente… Esos vampiros son simples monstruos con almas demasiado humanizadas —Dejó el vaso sobre el estante del mini bar. Francesca observó el vaso que había quedado solitario sobre la mesa, sus ojos estaban llenos de compasión y aunque no lo quisiera, eso solo lo enojaba. No le gustaba que sintieran compasión por él, simplemente el pensamiento lo molestaba con todas sus fuerzas.

—¿Te consideras a ti mismo un monstruo, Alexander?

Mientras caminaba despacio a través de la pequeña y concurrida habitación, sus palabras le sentaron como un balde de agua fría. La compañera de Blasius Nortton, podría parecer la viva imagen de la inocencia, pero su astucia superaba con creces todo lo que Alex había supuesto. Se detuvo y la observó sobre su hombro, mientras la oscuridad del atardecer, llenaba lentamente la estancia.

—¿Por qué estás tan interesada en ese tipo de cosas, Francesca? —Preguntó con expresión cautelosa y cansada. Cuando se sentía de ese modo, solía verse mucho más mayor de lo que su apariencia vampírica delataba.

Ella se levantó de su asiento y alisó nuevamente su falda, mientras tomaba el maletín que se hallaba recostado cerca de donde había estado. Su expresión facial, era una máscara fría que no dejaba mostrar lo que pensaba o sentía. Esa mujer, podría llegar a sorprender a más de uno si se daba la oportunidad.

—Sólo... —Comenzó antes de suspirar y detenerse a su lado, para mirarlo fijamente —…No hagas algo de lo que puedas arrepentirte después ¿Vale? Hay personas aquí a las que les importas. No lo olvides.

Sin agregar nada más, simplemente continuó caminando hasta salir por la puerta del sencillo despacho.

Y Alexander permaneció allí de pie, observando a la nada, sintiendo la furia crecer en su interior de tal forma que dejó escapar un grito lleno de odio mientras se aproximaba a la pequeña mesa de centro y la levantaba con fuerza para luego dejarla caer en el suelo nuevamente, derribando todo su contenido y esparciéndolo sobre la fina alfombra beige traída de uno de sus viajes a Escocia.

Maldijo para sus adentros al oír el sonido de los cristales rompiéndose y como el sutil aroma a licor se extendía a su alrededor. Pasando ambas manos por entre sus cabellos castaños, se sentó de golpe en el mueble sintiéndose más sólo que nunca.

—Habla como si lo supiera todo… —Recostó el cuello contra el acolchado arco del espaldar y cerró los ojos luego de permanecer un buen rato mirando fijamente el techo. No había nada que lo atara a esa ciudad, ni a ese país. O eso era lo que se decía a sí mismo en lo más profundo de su mente.

Abrió los ojos de nuevo, sintiéndose pesado y descompuesto; no podía evitar sentirse de esa vil manera, ahogándose en sus propios y duramente autodestructivos pensamientos. A tientas, buscó su móvil, que había dejado caer descuidadamente sobre el mueble a su lado, y sin pensarlo, marcó el número de uno de los vampiros que más se había ganado su respeto a través de los años. Quizás en quien más confiaba luego de su estrecha amistad con Blasius Nortton.

—Dispara —La voz masculina al otro lado del teléfono, respondió enfurruñada y molesta luego de dos timbrazos. Sin poder evitarlo, una sonrisa se le escapó de los labios.

—¿Te he despertado, bella durmiente? —Preguntó en un tono burlón, ganándose otro gruñido por parte del vampiro.

—Habla de una buena vez, antes de que me arrepienta de no acabar con tu miserable existencia.

—Joder, pareces salido de una historieta de superhéroes, Ethan, pero tú eres el villano —Soltó con intenciones de hacerlo rabiar un poco más. No sabía porque encontraba cierto placer en molestar a ese vampiro —¿Cómo te encuentras?

—Vendería mi alma a algún demonio, si tan solo pudiera volver a ser diurno nuevamente —Se oyó un bostezo por parte de Ethan Rumsfeld, un vampiro joven, pero demasiado temido por todos los seres sobrenaturales que conocían su existencia.

Los vampiros, a medida que pasaba el tiempo reunían alguna especie de magia llamada “experiencia” –Aún no lo tenía del todo claro–, y esta magia podría ser cambiada por una habilidad especial, cómo obtener poder, fuerza, o elegir algo mucho más humano; ser capaz de probar el sabor de la comida nuevamente, o tener la capacidad de caminar bajo el sol. Ethan, a pesar de no tener más de ciento cincuenta años, tenía la experiencia suficiente como para canjearla por poderes impresionantes. Nadie sabía porque… Pero había algo antiguo a la vez que poderoso y oscuro en él.

—¿Por qué no cambias un poco de tu experiencia por la posibilidad de caminar bajo el sol? Sabes que tienes como conseguirlo —Peguntó, mientras clavaba la vista en el techo y analizaba con cuidado las suaves grietas producidas en él. Tendría que mandar a repararlo alguna vez, ¿Cómo no lo había notado antes?

—Es derroche de tiempo y energía —Dijo Ethan del otro lado de la línea —. No me serviría de nada. Prefiero obtener poderes que puedan ayudarme y serme útiles —No le extrañaba en nada su banal respuesta —. Y bien… ¿Para qué llamabas?

—¿No crees que te he llamado para saber tu estado de salud? —Fingió lo más que pudo una voz sentimentalmente herida.

—No —Sonó la seca respuesta en sus oídos haciéndolo sonreír —. Tú no eres del que llama para preguntar como estoy… O lo haces porque estás muy aburrido y no sabes a quién más amargarle el día, o es que tienes algo importante que decirme. La astucia de Ethan, lo sorprendía a veces.

—La verdad… —Su sonrisa se borró lentamente sintiéndose vencido —. Estoy pensando en irme un tiempo de la ciudad. Se levantó del asiento y se hizo paso entre el pequeño despacho, hasta llegar y alcanzar el enorme ventanal en posición diagonal hacia la puerta. Movió un poco las cortinas, solo lo suficiente como para ser capaz de asomar su rostro y clavar ambos ojos en la luna que ya estaba en su máximo punto… ¿Cuán rápido podría hacerse de noche, una tarde de invierno? Al no oír respuesta del otro lado, delataba que Ethan esperaba a que continuara con sus palabras. —¿Te gustaría acompañarme un tiempo a Australia?
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Serie Los Condenados. 3ero. Besos a Medianoche (Prólogo)




Título: Besos a Medianoche
Género: Fantasía, Romance, Paranormal, Vampiros.
Serie: Los Condenados. 3er libro.
Sinopsis: ------ (Sí, no posee sinopsis por ahora)
Notas: Historia paralela a la de Connor y Ellie, por lo tanto pueden leerla tranquilamente.



Prólogo


Nueva York, Estados Unidos.


Nostalgia. Ese sentimiento tan adyacente provocaba sinceras ganas de vomitar en el estomago de Alexander Night, mientras caminaba lentamente por el pasillo y hacía a un lado los ingratos recuerdos que se apoderaban lentamente de su mente.
Mil quinientos años rondando en la tierra, solo causaban estragos en una persona. En especial en él que se sentía repentinamente insuficiente en medio de tantas paredes y el oscuro lugar.
Me pregunto, como es que he logrado vivir durante tanto tiempo sin acabar matándome.
Una incógnita que nunca se había logrado responder a sí mismo. La soledad era palpable y el silencio hacía horrorosos ecos dentro de la mansión Night en las calles más lujosas de todo Nueva York. ¿Por qué razón con todo lo que había logrado sentía que no era suficiente para llenar el vacío en su pecho donde se suponía que cuando era humano estaba su corazón?
Apretó la mandíbula al sentir las ansias que lo recorrían desde hace una semana. A la mierda con ello.
Blas y Francesca habían logrado estar juntos después de todos los problemas ocasionados. Blas, le había asegurado que esperaría hasta el vigésimo tercer cumpleaños de Francesca para convertirla en vampiresa.
Y él, idiotamente, y por un estúpido descuido se había encontrado con su compañera.
No es como si se pudiera evitar, pero Alex había tenido la dichosa esperanza de que tal encuentro nunca tuviera acontecimiento en el tiempo. No necesitaba una mujer a la que cuidar. No necesitaba a nadie que le hiciera compañía.
Mentiroso…
Solo era un vil mentiroso, con la esperanza de engañarse a sí mismo. La soledad estresante se hacía paso en él lentamente y refugiarse constantemente en los brazos de distintas mujeres no lograba calmar su sed de compañía. Entonces había logrado hacer buenas migas con Blasius Nortton. Y cuando no soportaba la soledad del lugar y no sentía muchas ganas de correr tras una falda, pues simplemente quedaban de verse… Pero Blasius había encontrado una mujer con la que compartir su vida y su hogar, y lamentablemente esto hacía que la existencia de Alex solo se relegara a pasar el rato con mujeres que no dudaban en compartir su cuerpo con él.
Dejó de caminar tan rápidamente, que incluso se encontró sorprendiéndose a sí mismo. Recostó su espalda de la pared del pasillo que estaba tapizada de un lujoso rojo sangre con detalles dorados.
Cerró los ojos y suspiró.
Kirsten Shower. Kirsten. Kirsten. Kirsten.
No había ninguna necesidad de preguntarse en donde estaba su mente en ese momento. Solo en ella, solo podía pensar en ella. Deseaba verla… Deseaba dolorosamente rozar los dedos con la pálida y suave piel de su mejilla.
Un deseo imposible. No iba a arrastrarla al sufrimiento de ser un vampiro, no se permitiría a si mismo que ella llorara por su culpa y que viviera sumida en la desdicha de estar a su lado. De vincularse a él.
No había nada peor que unirse a una persona a la que no amas. Y pensar que ella nunca amaría a un monstruo como lo que era, encogía su corazón y le hacía sentir una enorme impotencia.
Aguantó la respiración.
Necesito verla… Solo una vez más.
Solo una vez y podría vivir tranquilamente, podría irse y morir en paz con ella en su memoria.
Contra todo pronóstico y antes de poder pensarlo con mucho más calma, se encontró teletransportandose a la enorme casona perteneciente a los Shower. El jardín era amplio y perfectamente cuidado, era un lugar hermoso y a pesar de ser grande era bastante familiar.
Pronto se encontró rastreando la esencia de ella. Y logró localizarla. Terminó por subirse a el balcón que conectaba a una de las habitaciones, los ventanales estaban ligeramente abiertos y la habitación a oscuras. Claro, ella debía de estar durmiendo en ese momento, después de todo eran cerca de las dos de la madrugada.
Con agilidad y sin hacer el menor de los ruidos, se adentró impasible en la habitación y agradeció mentalmente su excelente visión nocturna. Eran una de las pocas cosas buenas que conllevaba el ser un vampiro.
La respiración se le cortó cuando estuvo totalmente en el interior de la pieza. El aroma de Kirsten flotaba en el aire, envolviéndolo y erizando su piel. Casi dejó escapar un jadeo, pero lo logró contener justo a tiempo.
Se acercó lentamente a la cama y dejó vagar los ojos hasta el cuerpo que respiraba calmadamente sobre la colcha.
Los cabellos rojo fuego estaban esparcidos sobre las sabanas blancas y sus pestañas caían como alfombras sobre las pálidas y delicadas mejillas. Tenía los labios ligeramente abiertos, por donde escapaba la casi imperceptible respiración. Hecha un ovillo, se abrazaba a sí misma y las sabanas blancas cubrían solo la mitad de ese hermoso cuerpo.
Sin poder resistirlo, Alex se sentó a orillas de la cama y dejo caer la mano sobre la cabeza de ella, acariciándole levemente los pelirrojos cabellos.
—Kirsten… —Susurró. Ella se removió, dándose vuelta hasta quedar frente a él y movió su cabeza buscando el calor de su mano, gesto que lo hizo sonreír enternecido –Si fuera otro, no dejaría que nadie más te tuviera, Kirsten. Serías mía y solamente mía… te aseguro, que en otra vida, no dudaría en ir tras de ti.
Pero en esta, simplemente no podía permitírselo.
Ella frunció el ceño y abrió ligeramente los ojos. Parpadeando, clavó esos mágicos y hermosos ojos azules en él. Una sonrisa se escapó de sus labios y su corazón dio un vuelco, comprendiendo que ella se había despertado.
—Alex —Susurró su nombre con una voz tan pura y angelical, creando en él de la nada, unas enormes ganas de besar esos labios rojos que contrastaban con la blanca piel de su cara —. Que hermoso sueño…
Esto lo dejo anonado. Sus manos volvieron a acariciarle el cabello.
—Eso es, pequeña —Le dijo —. Solo cierra los ojos, Kirsten.
— ¿te quedaras? —Preguntó buscando a tientas su mano libre.
Alex asintió.
—No me moveré hasta que duermas.
Ella cerró los ojos, esta vez con una sonrisa en sus labios.
Alex se encogió, cuando ella quedó dormida se levantó apresurado de la cama y se dirigió al balcón. Dándole una última mirada, saltó desde la baranda al jardín.
Era definitivo. No podía quedarse aquí. No a menos que decidiera sucumbir a la necesidad de estar con ella, y eso en definitiva era algo que no debía dejar que ocurriera nunca
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Noche de vampiros...

Primero que nada, hola a todas aquellas chicas (O en dado caso, chicos) que me leen en este blog y que me han leído en otras partes. Antes que todo, deseaba saludarles y hacerles saber que si, aun sigo viva solo que tan ocupada (Créanme que hasta medula, estoy repleta de quehaceres y trabajos por el colegio) que no me ha dado el tiempo suficiente como para pasarme por aquí, por dios que ya ni al messenger entro…

El punto es, que vengo a informarles las razones de mi desaparición y el hecho de que pronto retomare de nuevo mis proyectos de los cuales me había alejado un poco hace ya algunos meses, como lo habrán notado… Tengo el blog en el último estado de la decadencia, una verdadera tristeza para lo mucho que lo cuidaba hace un año.

Ok, además de informarles sobre eso vengo a dar una aclaratoria a aquellas personas que dejan comentarios sobre la misma pregunta que ya he aclarado muchas veces y que también lo coloque en las notas: No he podido acabar besos a medianoche. Simplemente eso… El no tener tiempo y tampoco inspiración no es una buena combinación para una escritora. Por eso mismo les ruego a todos mis lectores que me disculpen de todo corazón por esa falta.

Ya, la razón del título (Se que sería algo extraño viniendo de unas notas de autora) es que informo, que retomo la serie de los condenados para subirla al blog. Decidí que mejor no la publicaría en una editorial, tengo mis razones para ello, pero igual deseo acabarla por esa razón lo hare por medio de mi blog.

Progreso de mis historias
• 2do libro. El otro lado de la oscuridad: El progreso de esta novela va en conjunto con unas ampliaciones y correcciones que le estoy haciendo para mejorarla. Faltan unos capítulos y el epilogo para su finalización.
• 3er libro. Besos a medianoche: ¿Qué puedo decir? La tenia abandonada al concentrarme seriamente en la historia de Connor, así que recién la retome hace un par de días y hasta ahora solo llevo tres capítulos. Cuando cuelgue el link de la historia de Connor y avance un poco más en ella, prometo comenzar a colgarla por capítulos
• For You Only: Los chicos de esta historia (Kyle, Aaron y Jake), están algo sosos conmigo… pero igual trabajo en el capitulo cuatro para su pronta publicación. Estaba pensando, en pausarla cuando comenzara con la publicación de la historia de Alex, pero aun debo pensarlo un poco más.

Bueno, creo que eso es todo… Perdonen las molestias y el verdadero fastidio que debió haber sido aguantar toda esta palabrería. Pero a quienes se tomaron la molestia de leerme completo, se los agradezco y les mando un montón de besos y abrazos.

Un saludo y abrazo enorme,
Antonella.
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Capítulo III

Capítulo III

—Profesor Morgan.

Desvió la vista de los papeles que leía en ese momento, y aun con el vaso repletó de café burbujeante, tocando ligeramente sus labios, observó fijamente a la estudiante femenina que se acerca a él. Tenía los cabellos negro noche cortados en capas hasta sus hombros y unos enormes ojos azules, enmarcados por largas y oscuras pestañas. Alta y delgada, atraía las miradas hacia ella.

Intentó que sus músculos no se tensaran, y que su rostro se mantuviera relajado en una sonrisa cordial.

—¿Sucede algo? —Preguntó.

Las mejillas de la chica se tornaran rojas de la emoción y sus ojos brillaron con admiración.

Demonios… Y aquí vamos de nuevo.

—¿Irá hoy a la sinfónica? —Le preguntó ella con interés mientras seguía sus pasos a través del pasillo.

—En efecto —Aseguró de la forma más seca y ligera posible.

Mientras caminaba, dejo el vaso desechable a medio tomar de café, en una de las papeleras y las hojas que leía las guardó en el maletín que colgaba desde su hombro derecho. Siempre con la vista clavada en el frente, observándolo todo con indiferencia y con las miradas de los estudiantes fijas en él, siguiendo cada uno de sus imponentes pasos.

—Profesor yo…

Se detuvo de golpe, justo allí en medio del pasillo. Se dio vuelta ligeramente y clavó la vista en la joven, entrecerrando sus ojos con levedad.

—No salgo con mis estudiantes —Una negativa brusca que dio justo en el clavo. Lo supo cuando ella empalideció rápidamente y sus mejillas se encendieron de un rojo escarlata, por la vergüenza. Sus ojos azules se oscurecieron y boqueó unos segundos antes de darse vuelta y salir de allí siendo suprimida por la repentina timidez.

Suspiró aliviado en ese instante, mientras algunos estudiantes que habían observado el acontecimiento, cuchicheaban entre ellos.

Como siempre y para su propio fastidio, era el centro de atención de la tarde a la hora de la salida.

Otro intento desenfrenado de una jovencita por intentar conseguir una cita… Todo por un capricho.

Suspiró de nuevo esta vez retomando sus pasos a través del pasillo, desviando su mente hacia Kyle Hastings. Pensaba en cómo hacerle entrar en razón; si había alguna manera de que comprendiera que acabaría lanzando su propia vida por el desagüe.

—¿Lo has oído? El profesor Morgan acaba de rechazar a otra chica… —La molesta voz en susurros de otros estudiantes, de esos que se quedaban hasta tarde por las actividades del club, le hizo gruñir con molestia.

—Siempre rechaza a todas —Respondió otra voz en un murmullo que igual llegó a sus oídos.

Frunció el ceño e hizo oídos sordos mientras caminaba con imponencia por el lugar, hasta alcanzar el aula de la sinfónica.

Normalmente usaban el teatro para obtener más espacio, pero en esta ocasión solo se hallaban tres integrantes y por lo tanto habían decidido tomar el aula de música.

Se quedó en silencio en la puerta, observando cada uno de sus movimientos.

Chelsea, Alyssa y Noelle. Tres prodigios en sus respectivos instrumentos.

Sus ojos se clavaron primero en la joven castaña que tocaba el violín cuidando cada una de sus notas y con expresión concentrada. Llevaba el uniforme cerca de una talla –tal vez dos- más grande que la propia. La falda de cuadros escoceses en tonos verdes y azules, le llegaba a la rodilla con exactitud. Las facciones de su rostro, normalmente frías e inquebrantables, parecían quebrarse en mil pedazos cuando comenzaba a tocar el violín y eran sustituidas por una paz exterior que lo afectaba a él mismo.

Cambió de objetivo hasta alcanzar a la joven sentada en una silla, guiando con sus finos y elegantes dedos el arco del cello. Su música era hermosa y estaba llena de una rara melancolía, mientras sus cabellos rojos como el fuego estaban recogidos en una cola alta, dejando escapar unos cuantos mechones que acariciaban con delicadeza su rostro, semejante al de un mismo ángel. Alta y delgada, su rostro expresaba una emoción indescriptible mientras tocaba. Una emoción que enternecía su corazón de la misma manera que su belleza impresionaba al resto. Su uniforme, a diferencia de la castaña, estaba más adaptado a su figura.

Por último, su mirada viajo hasta la chica de cabellera rubia. Los mechones rozaban su espalda baja y se movían con gracia mientras sus dedos seguían el ritmo de la música en sus partituras. Ella estaba con la vista fija en las teclas y de vez en cuando sus ojos subían buscando las notas. Su rostro se veía distante y entregado el movimiento de sus dedos sobre el piano.

No pudo hacer más que recostar su cuerpo del marco de la puerta, mientras sus ojos la buscaban a ella y analizaban cada rasgo de su figura cubierta por la ropa del instituto, en colores azules y verdes y con pequeños adornillos que sacaban de sus casillas a la mitad de los profesores.

Noelle Travis. La perfecta chica rubia de ojos ámbares, con aspecto de ángel caído y personalidad de los mil demonios.

Demasiado demócrata; muy protectora y con un carácter capaz de enloquecer a cualquier persona sobre la faz de la tierra.

Pero apenas se sentaba en ese banquillo, se llenaba de una cálida determinación que sorprendería a cualquiera.

Las tres tocaban una adaptación instrumental y clásica de “For Elise”[1], seguramente adaptada con la ayuda de Chelsea. La chica era capaz de adaptar cualquier canción usando solamente sus oídos y mucha concentración… Un talento extraño y fascinante que lo había tomado por sorpresa en cuanto supo de él.

Era extraño verlas tocar a las tres juntas y encima solas.

Normalmente solo se les veía juntas en la sinfónica y con un grupo determinado de integrantes rodeándolas.

Volvió a clavar la vista en Noelle, mientras buscaba ciegamente con su mano, la cajeta de cigarrillos.

Tomó uno y lo encendió dando una profunda calada aun observando a las tres tocar.

—Travis —Habló, sobresaltándolas y haciendo que tres pares de ojos se clavaran en él fijamente —Estás perdiendo el ritmo de tus compañeras. Están formando un conjunto de tríos, debes aprender a escuchar y no siempre comportarte como líder.

Los ojos de Noelle se abrieron primero absortos y sorprendidos, para luego entrecerrarse llenos de un sentimiento muy parecido a la rabia.

—Anda… —Su voz resonó en la habitación mostrando su enojo mientras se cruzaba de brazos. Sus ojos ambarinos le devolvían la vista, mientras su corazón saltó por un momento, haciendo que se enojara por la repentina reacción de su cuerpo —¿Alguien ha pedido su opinión, profesor?

—Solo intento ayudarte a mejorar tus mediocres movimientos como pianista.

Mentira. No es eso. Estas mintiendo.

El rostro de Noelle, empalideció. Su expresión era de dolor por sus palabras que repentinamente cambió a una llena de furia y frustración.

La verdad… Cruda verdad era que no sabía que escusa podría darle para estar a su lado. Todo lo que se le ocurría acabaría dañándola… ¿Por qué era tan inútil?

Ella tomó las partituras entre sus manos y se las arrojó con sus ojos brillando, llenos de un odio que le heló la sangre. Chelsea y Alyssa observaban igual de congeladas el intercambio, ambas jóvenes desviaron la vista de lo acontecido

—Me importa muy poco lo que opines —Prácticamente le gritó en su cara —¿Sabes? Por mí puedes irte al infierno. Estoy harta de que intentes destruir mi autoestima con tus poco agradables comentarios.

Sintió como su estomago se estrujaba de mala manera, sintiendo un raro escozor en su pecho. Elevó las esquinas de sus labios en una sonrisa llena de sarcasmo e ironía mientras levantaba un par de partituras del suelo.

—Es sorprendente como cambian las personas —Rió observándola con frialdad, negándose a dejarle ver su tristeza —Hace dos año no hubieses dicho lo mismo.

Por un momento disfrutó el verla empalidecer, pero al siguiente comprendió que se había pasado de la raya cuando sus ojos brillaron por las lágrimas que amenazaban con dejar sus ojos.

—Hace dos año… —Ella observó la habitación con ironía —…No sabía que podrías llegar a ser un verdadero cabrón.

Sus cabellos se movieron al compás de sus pasos mientras pasaba por su lado y salía de la habitación. Alyssa y Chelsea pasaron de observarlo a él, a encontrar algo de mayor interés mientras se dedicaban a guardar sus instrumentos.

Observó a la nada unos momentos antes de apagar su cigarrillo a medio fumar y observar a ambas prodigios nuevamente.

—Espero que nada de esto salga de esta habitación —Veía su reputación como profesor totalmente mancillada, y sobre todo, imaginaba los problemas que esto causaría a Noelle.

Chelsea recogía calladamente el resto de las partituras, y Alyssa lo observó sin ninguna expresión en su rostro.

—¿Qué Noelle se declaró a usted hace dos año? ¿O quizás que usted está tan loco por ella, que no sabe cómo reaccionar en su presencia?

La observó por un momento antes de sonreír con sarcasmo.

—Ambas, quizás.

Alyssa se encogió de hombros restándole importancia al asunto, mientras Chelsea se levantaba del suelo con las partituras y limpiaba sus rodillas. Le dio una fría mirada antes de desviar la vista y tomar el estuche de su violín.

—No tenemos razones para decirle a nadie nuestros secretos —Chelsea habló con un tono de voz suave y casi inaudible —Las tres sabemos secretos oscuros de cada una, que nadie más sabe… Dígame, profesor ¿Qué ganaría yo, revelando los íntimos secretos de Noelle? La verdad es que nadie entiende la relación entre nosotras tres, y quizás nunca nadie lo entienda. Pero somos lo suficientemente listas como para mantenernos calladas.

Ella hizo una pequeña inclinación con la cabeza, saliendo por la puerta. Alyssa sonrió ligeramente tomando la mochila de Noelle en conjunto con la suya.

—No tiene de que preocuparse —La chica conocida como la princesa del instituto, simplemente se encargó de encogerse de hombros —Somos lo suficientemente honorables como para guardar este tipo de secretos. Nadie necesita saber que el gran señor “no salgo con mis estudiantes”, está completamente caído por una —Ella comenzó a caminar pero se detuvo un momento con expresión pensativa —Y… No creo que ella sepa eso tampoco. Así que puedes quitarte un peso de encima, porque tampoco planeamos decirle algo así.

Entonces Alyssa dejo escapar una risita antes de salir por la puerta, dejándolo completamente sólo. Sus manos temblaban mientras buscaba a tientas su caja de cigarrillos, sintiéndose ansioso.

Alyssa había dado justo en el blanco.

Una cosa era una estudiante encaprichada con su profesor. Y otra muy diferente un profesor encaprichado de su estudiante.

Y más cuando este encaprichamiento llevaba sobre él, mucho más de un año.



[1] Canción de piano famosa, perteneciente a Beethoven.

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Capítulo II

Capítulo II

Estaba helando, a pesar que aún no llegaba el invierno. Aaron ajustó la bufanda color café, a los músculos de su cuello y luego suspiró mientras se recostaba de uno de los pilares de la entrada del instituto en el que él mismo había estudiado años atrás.

Le traía nostalgia, a sus veintiún años de edad.

El reloj de su muñeca marcaba cerca de las cinco de la tarde y justo cuando la aguja marcó la hora exacta, no se sorprendió por el sonido de la campana.

Ahogó una pequeña risa cuando hileras de estudiantes comenzaron a salir por las puertas, ignorando su presencia, que de vez en cuando era bastante normal que estuviera allí.

Una cabellera oscura ligeramente despeinada y un andar tan conocido, llamó su atención.

—¡Kyle! —Dijo sin poder contenerse. Enseguida un par de ojos color olivo, tan rasgados y extraños le devolvieron la vista. Su amigo, tenía una contextura alta y atlética, y un rostro, que a pesar de sus dieciocho años parecía no dejar los rastros de juventud en sus rasgos, lo que le agregaba atractivo en cierta manera.

Él le sonrió ligeramente en forma de saludo antes de acercarse a paso lento.

—Hacía tiempo que no venias.

Aaron sonrió avergonzado, mientras negaba con la cabeza y le seguía el paso por el sendero de piedra que llevaba a la salida de Wilston High School.

No iba a decirle la verdad del porque estaba allí, cuando hace solo dos semanas había prometido dejar de venir. Instintivamente se llevó la mano al costado, donde le dolía ciertamente, por el golpe recibido hace una hora.

De nuevo se había involucrado en una pelea.

Y de nuevo había sido por una mujer a la que no conocía, pero que declaraba estar total y perdidamente enamorada de él.

Lo que lo llevó a una seria, desagradable y fría discusión –que incluyeron patadas y puñetazos en el rostro del tipo- que concluyó con una pequeña herida en su brazo.

…Que dolía como los mil demonios…

Miró de reojo a Kyle, quien se había detenido a su frente.

—Sí, algo —Admitió con pesadez, encogiéndose de hombros —¿Cómo ha estado la reunión de la mañana con tu ogro?

El recuerdo tajo consigo un tic al ojo izquierdo de Kyle, seguido por un gruñido resentido que lo hizo sonreír para sus adentros. No fue necesario que respondiera, ya que con solo esas reacciones, Aaron obtenía sus propias ideas y respuestas.

—Ese viejo… No sabe nada de mí y aún así se siente con la capacidad de joder mi existencia con sus charlas y demás —Aaron se cruzó de brazos y negó con la cabeza intentando parecer afligido por lo sucedido. Acto que solo ganó un fulminamiento con la mirada, por parte de Kyle, cuando sin desearlo se le escapó una sonrisa.

A su alrededor, los estudiantes ya habían salido por completo del instituto.

—Pensaba que el profesor Morgan tenía veintiséis años.

Kyle chistó.

—Para mí es un viejo lunático, nada más.

Su amigo apretó la correa de su bolso mientras comenzaba a andar. Era algo nostálgico el caminar por ese lugar de nuevo. Los amplios jardines y la zona donde sus pies tocaban, era de piedra hasta llegar a la puerta de salida con el logo de la academia.

Mientras caminaban, todo se veía completamente solo. Los estudiantes se habían ido sin que él se percatara, y estaba seguro que solo se quedarían aquellos que pertenecieran a algún club.

Cerca de donde estaban, había una laguna, tal vez demasiado grande para sus propios gustos. La misma laguna a la que se había sentado a observar innumerables veces en sus épocas de estudiante en Wilston High School.

—Es un viejo lunático… ¿Por qué intenta ayudarte a que elijas una carrera decente? —Preguntó para acabar con ese incomodo silencio que se había instalado entre ambos.

—No, no es eso, es… —Kyle se paró de golpe antes que pudiera continuar y observó fijamente a la nada. Aaron ladeó la cabeza ante su pausa repentina y observó con fijeza al frente.

Era la escena más tétrica que hubiera visto. Había cuatro chicas; tres de ellas parecían jugar a molestar a la cuarta. No era exactamente el tipo de juegos a la que estaba tan acostumbrado a observar, sino algo mucho más cruel. Podía oír las risas burlonas desde el sitio donde se encontraban y veía fijamente el rostro entre triste y resistente de la joven, que luchaba con fuerzas por recuperar un cuaderno que le había sido arrebatado.

Aaron sintió los músculos de su cuerpo moverse para ir en su ayuda, cuando el cuaderno fue lanzado sin piedad hasta caer en el estanque. Lo siguiente que sucedió fue que las jóvenes que habían lanzado el cuaderno, se fueron riendo despiadadamente.

Y la chica se acercó corriendo con horror vislumbrado en su rostro, hasta la baranda.

—¡Mis partituras! —La oyó exclamar. Tenía el cabello castaño, cuidadosamente cortado un poco más arriba del nivel de los hombros; su rostro era perfilado y muy mono… Pero sin llegar a ser extremadamente hermoso. Vestía el uniforme femenino reglamentario de Wilston High School. Su medida no llegaría ni al metro sesenta, pero algo en ella despertaba unos banales y fraternales instintos de protección.

Se veía tan angustiada, que con ganas asesinas, deseó ir en busca de aquellas chicas y acabar con ellas.

Miró de reojo hacia Kyle, descubriendo que se había movido de su lugar. Cuando sorprendido volvió a mirar hacia la chica, descubrió a su amigo saltando por la baranda.

Soltó una maldición y se acercó para verlo nadar en busca del cuaderno de ella.

La chica tenía los ojos abiertos de par en par, en un breve estado de shock por lo acontecido. Y su expresión se había ablandado por una extraña preocupación en cuanto el primer minuto corrió y Kyle todavía no salía de debajo del agua.

Era extraño, haber visto esa actitud en su amigo, por una mujer. Por una mujer… ¿Tenía interés en ella?

Eso lo hizo parpadear. Que una chica despertara el interés de su amigo, era bastante extraño.

Como era de esperarse, en unos momentos más, Kyle no tardó en salir a la superficie completamente mojado y con la respiración agitada por el frío.

Caminando despacio, se acercó a ella y le tendió las partituras con una de sus manos, mientras que con la otra intentaba deshacerse del agua que cubría su cara.

Ella parpadeó y pareció algo indispuesta, entonces extendió la mano y tomó el cuaderno que Kyle le tendía. Aaron notó como sus mejillas se encendían ligeramente, dándole un aspecto bastante dulce.

—G-Gracias —Tartamudeó avergonzada observando fijamente y con culpabilidad, la ropa mojada de él —. Lo siento.

Aaron miró fijamente a Kyle, quien aún luchaba por secar su rostro. Observaba como él analizaba con suspicacia a la joven frente a ellos… Ella buscó en su bolsillo y sacó un pañuelo, para su propia sorpresa y la de Kyle, extendió su mano y comenzó a secar la mejilla empapada de él.

—¡Chelsea! —Una voz femenina llegó de la nada. La chica, que debía de ser Chelsea, se separó unos pasos aún con el pañuelo en la mano y clavó la vista en el camino. Otra joven apareció de la nada, también vestía el uniforme reglamentario. Era una criatura hermosa, que lo hizo parpadear extrañado, sintiendo como si sus ojos hubieran sido vilmente engañados. Tenía el cabello rojo caoba, que llegaba hasta su cintura ondulándose al compás de unos elegantes, sofisticados y extravagantemente sensuales movimientos. Unos enormes ojos verdes lo observaron a él y luego cambiaron de dirección hacia Chelsea, y a la final a Kyle. Su rostro estaba cincelado con cuidado, sus mejillas rojas y sus labios de un raro tono frambuesa; arrugó la frente y se acercó, para plantar una bofetada en la cara de Kyle.

Aaron retrocedió dos pasos sorprendido por la acción.

La recién llegada colocó sus brazos alrededor de Chelsea, en modo protector y los miró a ambos con enojo.

—¿Cómo demonios pueden molestar a una pobre chica? ¡Son unos imbéciles!

Chelsea a su lado se estremeció horrorizada por el gesto y su rostro empalideció instantáneamente.

—¡Alyssa! —Exclamó —. Pero si él ha salvado mis partituras ¡¿Por qué le has pegado?!

Alyssa parpadeó dos veces, entonces su rostro se relajó al igual que su cuerpo y su mirada se tornó avergonzada, mientras observaba boqueando a Chelsea y luego a Kyle.

—Eh… Yo… Yo pensaba que… —Comenzó a decir antes que su rostro se tornara rojo por la vergüenza —Discúlpenme.

Kyle estaba en un estado de estupor, con la cara aun de lado por la fuerza de la bofetada y sus ojos abiertos de par en par. Su amigo respiró con fuerza y apretó la mandíbula antes de dar una mirada intimidante, llena de sorpresa, furia y odio.

—De haberlo sabido dejo que sus partituras se ahoguen.

Los ojos de Alyssa se abrieron de golpe y su ceño se frunció de nuevo con enojo.

—¡Ja! Ya me disculpe contigo, chico idiota —La pelirroja apretó aun más sus brazos alrededor de Chelsea quien se veía ciertamente sofocada. Esta acción pareció molestar aún más a Kyle.

—Joder… —Masculló en voz baja —Mejor vámonos antes que pesque un resfriado por imbécil.

Aaron asintió dándole una última mirada de reojo a ambas jóvenes antes de comenzar a seguir los pasos de su amigo.

Kyle había dejado sus manos dentro de los bolsillos y aunque a simple vista no lo pareciera, Aaron sabía que él estaba tenso por lo acontecido.

—¡E-Espera! —La voz de Chelsea los hizo darse vuelta a ambos. La chica se había separado de la pelirroja y los observaba a ambos con incertidumbre y algo de apesumbramiento —Esperen aquí, por favor.

Entonces se dio vuelta y comenzó a correr en dirección al instituto.

—¡Chels! —Alyssa parecía sorprendida y parpadeaba sin cesar, hasta que la figura de la castaña desapareció por la puerta del edificio.

Aaron clavó de nuevo la vista en Kyle, quien parecía debatirse entre largarse de allí o esperar a la muchacha. A la final soltó un suspiro y se sentó en la hierba.

Parpadeó y se encargó de observar de reojo a Alyssa. Su largo cabello rojizo parecía bailar una extraña danza, y siguiendo los exóticos movimientos de la brisa. Sus ojos verdes estaban clavados por completo en la puerta del instituto, esperando la aparición de Chelsea.

Era una belleza, sin duda alguna.

La chica suspiró y desvió la vista de la puerta. En un segundo sus ojos se cruzaron, y para su propia extrañeza, causó que algunas chispas saltaran dentro de su estomago.

Ella entrecerró sus ojos en dirección a él antes de volver a mirar fijamente a Kyle.

—Oye… Ya te he dicho que lo siento ¿Vale? —Se cruzó de brazos y sus ojos se oscurecieron con una extraña furia —Es normal que la molesten. Demasiado normal… Por esa razón, a simple vista creía que eso era lo que sucedía. No medí mis acciones, discúlpame.

Kyle simplemente guardó silencio y se encogió de hombros, mientras los segundos pasaban sin que ninguno de los tres se atreviera a hablar.

El silencio lo incomodaba, pero no sabía por dónde llevar una conversación.

Sentía un extraño miedo, de decir algo que pudiera disgustar a la chica que tenía en frente. Algo que le hiciera pensar que era un idiota.

Era un crudo miedo, influenciado por la intimidante belleza de Alyssa.

Enseguida una respiración entrecortada llamó su atención. Por el camino, se acercaba Chelsea corriendo a lo más que le daban sus piernas.

En cuanto llegó, se apoyó de Alyssa unos segundos jadeante y después se acercó a Kyle y le tendió una toalla blanca.

—L-Lo siento… —Tartamudeó —No tengo ropa para que te cambies… P-Pero puedes secarte con ella.

Alyssa parpadeó sorprendida.

—¿De dónde has sacado esa toalla?

—De mi casillero… —Respondió mordiéndose el labio —La última vez me han lanzad un vaso de agua helada… Así que es bueno estar preparada para todo —Chels volvió a observar con algo de timidez hacia Kyle, esperando a que este tomara la toalla.

Kyle se levantó y tomó la toalla parpadeando. Aaron contuvo una risa, por el rostro de su amigo, diría que no sabía cómo reaccionar ante tal acción por parte de la chica.

—Gracias —Dijo en un tono de voz bajo.

Se sentía algo extraño observar esa escena.

Las esquinas de los labios de Chelsea, se elevaron ligeramente, en un asomo de sonrisa, que pareció helar tanto a Alyssa como a Kyle.

—Gracias a ti por rescatar mis partituras… —Ella hizo una pequeña inclinación con su cabeza luego, le dirigió una mirada a Aaron y se despidió con los ojos caminando hasta Alyssa.

—¿nos vamos? —La pelirroja parpadeó y luego los observó a ambos, regalando una enorme sonrisa —Hasta luego.

—Se ha corrido la tinta de las partituras —Decía Chelsea mientras caminaba el trayecto por el sendero hacia las puertas del instituto —Noelle se enojará.

—No lo hará si se lo explicas, además yo…

Sus voces se perdieron a medida que se alejaban.

No podía dejar de observarlas a ambas, mientras desaparecían. Sus espaldas y las curvas de sus cuerpos siendo abrazadas por el uniforme del instituto. Había algo extraño en ambas… Algo que levantaba su curiosidad.

Ladeó el rostro y analizó el largo cabello pelirrojo, que seguía el constante movimiento del cuerpo de su dueña.

—Si vas a decirme que es hermosa, cortaré tu cabeza sin remordimiento —La voz de Kyle lo sacó de golpe de su ensoñación. Él secaba sus cabellos con la toalla de Chelsea —Me canso de oír lo mismo, todos los días, todas las horas que dura el instituto.

Esa afirmación lo hizo sonreír.

—No —Admitió negando con la cabeza y comenzando a caminar —Yo realmente iba a decirte que, es una linda chica, tu novia.

Los ojos de Kyle se abrieron como platos y su rostro empalideció, seguido por un ligero rubor en sus mejillas.

—¡Novia nada! —Exclamó dándose vuelta y comenzando a caminar —Mueve tú trasero, que quiero llegar a casa antes de pescar un resfriado.

Rió y dio una última mirada a la puerta por donde ellas habían desaparecido.

¿Por qué?... Esas chicas tenían un aire tan triste y misterioso, que hacía que su cuerpo se estremeciera por un extraño frío.

Negó con la cabeza, mientras retomaba su caminata, siguiendo los pasos de Kyle.