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Nada por ahora
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Besos a Medianoche. Capítulo III. Parte II.


            El vestido de Abby y un simple antifaz habían arreglado todos sus problemas. Solo bastó un poco de maquillaje debajo, y un brillo con un color no tan oscuro prácticamente natural—, ya que sus labios eran bastante rojizos por si solos.
            Pero aun así, Kirsten sentía que todo el mundo sabía quién era. De hecho, el hombre vestido de vaquero que había pasado por su lado hacía un rato la había saludado sin más.
            —¿Y… De que es lo que vienes vestida, Kirs querida? —Había preguntado su madre, enfundada en un traje a lo Marilyn Monroe(1), con la peluca incluida y el lunar sobre su mejilla que seguramente estaba dibujado con lápiz negro. Los ojos azules de Eloisa Shower, la escudriñaban con profundo interés; desde el inicio de las faldas del fino vestido de seda color azul cielo, hasta sus cabellos rojizos arreglados a lo alto de su cabeza y del cual se escapaban delicados rizos.
            —Soy… una “mujer misteriosa”, supongo.
            Kirsten podría hasta jurar, que a su madre se le había escapado una ligera sonrisa.
            —Pues, sin ánimos de herirte, pero de misteriosa tienes muy poco —Graznó con voz animada y divertida.
            Lo más lastimero es que Kirsten tuvo que darle la razón momentos después. Su cabello la delataba por sí solo.
            Era triste ser la única pelirroja —Con un color más bien naranja—, entre toda esa masa de personas.
            <Realmente me desmotiva…> Pensó, justo antes de suspirar y pasar a observar con lentitud los alrededores.
            Sus padres realmente habían dado todo de ellos mismos para decorar el lugar. De por sí, que ya era un salón exquisito con suelos y pilares en mármol y papel tapiz de color melocotón; habían movido algunos muebles a un rincón, junto con una mesa de cristal los cuales ahora mismo estaban abarrotados de jovencitas —Aparentemente de sociedad, como lo fue ella alguna vez—, inclinándose y susurrándose entre ellas, mientras reían y disfrutaban de los chismorreos. Ella nunca había sentido pasión por eso, y se alegraba con toda su alma de haber superado ya esa etapa.
            Por otra parte, había una mesa buffet con un completo surtido de pasabocas y exquisitos bocadillos de comida inglesa; decorada con una apetitosa fuente de chocolate y con ramos de nomeolvides y gladiolas, una interesante combinación en donde las gladiolas parecían resaltar más con sus vivaces colores que los pequeños, frágiles y azules pétalos de la otra flor.
            Nomeolvides. Que nombre tan curioso… E infinitamente hermoso para una flor.
            Estaba lleno de personas por todas partes. Parpadeó. Todos los amigos de sus padres y su hermano Viktor, quién era el homenajeado en la ocasión, se encontraban presentes.
            Algunos hombres hablaban en círculos sosteniendo vasos de whisky; y algunas mujeres con finas copas de champaña en su mano, se paseaban por la habitación de dos en dos, hablando de quien sabe que cosas.
            Qué dios los librara a todos.
            Ya había olvidado cómo eran esos molestos eventos, que más bien le causaban pudor y estremecimiento. Todos allí eran unos completos hipócritas. Sí, con la misma y directa palabra.
            Por eso es que Kirsten, en sus anteriores años como señorita debutante en esos eventos de alcurnia, prefería colarse en los rincones ó moverse a alguna que otra habitación. La única chica con la que realmente se había llevado bien, había sido Abby… Solo ella, que parecía tan fuera de lugar como la misma Kirsten, y aun así a Abigail le encantaba empaparse de chismorreos.
            Siempre era la primera en saberlo todo.
            Como aquella vez que…
—Mi padre es uno de los socios de las empresas de Alexander Night ¿Sabes? Y esta tarde, pasando por su oficina me enteré de ciertas cosas. Al parecer, el señor Night se ha ido esta mañana de Nueva York a Australia, sin razón aparente y por tiempo indefinido.
            Sorprendida, al recordar exactamente las mismas palabras con el  mismo tono de voz en que Abby las había dicho, Kirsten agitó la cabeza intentando borrarlas.
            Habían pasado cinco años desde que había  visto por última vez a Alexander Night. Se suponía que lo había olvidado, su primer amor… Un enamoramiento infantil y sin sentido.
            Pero inevitablemente, el ambiente la hacía sentir tan melancólica…
            Y lo único que hacía era recordarle a todo él.
            Caminando entre la multitud y pasando fuertemente saliva, Kirs decidió ir a por un buen vaso de limonada fría y agradable… Ó tal vez, sólo quería borrar de sus pensamientos el alto y fornido cuerpo del Señor Night, sus profundos y de alguna forma sabios y antiguos ojos. Y ese aroma.
            Dios, ese aroma aun la perseguía. Y Aquella vez en que pudo sentir su calor, por una mera y vulgar casualidad —Recordemos aquella vez en que patéticamente intentado huir de un hombre baboso y desagradable, tuvo la “brillante” de saltar de la ventana, quedando ridículamente colgada de un árbol—, para aquel entonces solo quería tener memorizadas esas  pequeñas cosas en su mente.
            Y ya a esta edad, y a estas alturas… Solo quería olvidarlo.
           
            Y allí vamos de nuevo… ¿No podía simplemente dejarlo estar? ¿Qué pasaba con ella?
            Tomó aire varias veces, con el mayor de los disimulos y finalmente se centró en lo que era realmente importante: escapar de allí.
            Buscó rápidamente en reloj de oro que colgaba en una de las paredes de la habitación, y entrecerró los ojos intentando ver la hora. Seguro ya había pasado bastante tiempo, había cumplido con venir y había felicitado a Viktor hacía ya mucho rato…
            Pero apenas su mirada se encontró con el reloj, se desinfló todas sus esperanzas de regresar a casa.
            ¡¿QUÉ?! ¡¿Apenas las once?! Oh, dios santo… Jamás iba a escapar de esa bendita fiesta.
            —Pero que tenemos aquí…
            Ay no… Comenzaba a oler a cerdos en el aire.
            Lentamente, Kirsten giró su rostro y miró sobre su hombro.
            Reginal Huperson. El hombre regordete y grasiento, cuyo primer botón de su disfraz de… Cowboy(2)… parecía a punto de reventar y salir volando, dispuesto a impactarse no muy halagadoramente en la frente de un pobre idiota; la miraba fijamente con expresión admirada y sus pequeños y oscuros ojos —que apenas eran visibles en ese rostro tan lleno y grande— estaban clavados en el escote de su espalda.
            Reginal la había estado acosando desde que entró a sociedad, pero gracias a Dios cuando dejó de asistir a esas fiestas, el hombre desapareció de su vida.
            Parecía que las cosas no podían ponerse peor. Primero Alexander Night, ahora Reginal Huperson.
            En lo personal, definitivamente hubiese preferido que Alexander Night fuera el que estuviera mirándola de manera lasciva y deseosa en esos momentos, y no el hombre grotesco y pervertido que estaba tras ella.
            —Señor Huperson… —Saludó en apenas un hilo de voz casi imperceptible —. Qué bueno verlo de nuevo.
            Ni hablar. Él había sido una de las principales razones por las que había dejado de frecuentar esas fiestas… Aun podía recordar aquella vez que intentó tocarle los pechos frente a medio salón de baile.
            —Lo mismo digo, Kirsten. Estás tan bella y deslumbrante como siempre —Sus mejillas se arrugaron un poco cuando le intentó mostrar una sonrisa… Sugestiva, suponía.
            —¿Cómo supo que era yo? Llevaba antifaz precisamente para eso —Admitió por fin, Kirsten con expresión un poco contrariada, que gracias al cielo estaba muy bien oculta bajo esa milagrosa mascara con forma agraciada de mariposa.
            Huperson rió escandalosamente, mientras se sujetaba la panza con ambas manos.
            —Querida, tu cabello tan al estilo neón resalta sobre todos aquí.
            ¿Neón? ¿Era una ofensa o una alabanza, primeramente?... ¿Sería muy maleducado dejarlo hablando solo? Sí, definitivamente muy maleducado.
            —Gracias —Contestó con la mayor simpleza posible intentando casi sonar agradecida de verdad, lamentablemente el tono de voz le salió totalmente cortante.
            A Kirsten definitivamente le gustaba su cabello. A pesar de lo llamativo que podía ser, era una muestra de lo única que era entre esa multitud de idiotas que se lamían y olisqueaban los traseros entre ellos.
            “Yo sí tengo cerebro, por eso escapé de aquí”.
            El señor Huperson comenzó a acercarse lentamente a ella, y por la expresión de su rostro, Kirs estaba muy segura que tenía intenciones de: 1. invitarla a bailar, ó 2. Proponerle ir con él a algún sitio poco concurrido.
            —Oh, Srta. Shower —Una tercera voz, se oyó en ese momento. ¿Qué tenían las personas el día de hoy, que llegaban y la saludaban desde la espalda?
            Un tirón en su antebrazo la hizo sobresaltarse. El calor de una mano masculina, la dejó anonadada.
            Rápidamente alzó el rostro, para encontrarse con un perfecto ejemplar del fantasma de la opera(3). Alto, oscuro y visiblemente musculoso bajo toda esa ropa negra y esa capa a juego de terciopelo rojo.
            El cabello de un castaño claro lo tenía peinado hacia atrás impecablemente. La mitad del rostro en sentido horizontal estaba cubierto por un antifaz blanco con decorados en rojo; y unos brillantes ojos verdes sensuales y cargados de sabiduría, le regresaron la vista por una milésima de segundo.
            El corazón de Kirsten dio un furioso vuelco con ese pequeño gesto.
            —La señorita Shower me había prometido acompañarme a tomar una copa de champaña, espero no le incomode —Dijo el desconocido, con voz dulzona y aterciopelada. Ese tipo de voz a la que no te puedes negar a nada, y que consiguió que la piel de Kirs se erizara de golpe.
           Reginal pareció sumamente contrariado ante la idea, pero finalmente asintió con el ceño fruncido.
            Pero antes de que pudiera despedirse de ella, el otro hombre ya la arrastraba con delicadeza lejos de allí.
            Y ella solo podía pensar, totalmente azorada… “¿Qué demonios?”


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1. Marilyn Monroe: Fue una actriz de cine, cantante y modelo estadounidense. Con el paso del tiempo, llegó a ser una de las actrices más famosas de Hollywood y uno de los principales símbolos sexuales de todos los tiempos.

2. Cowboy: En español vaquero.

3. Fantasma de la opera: Es una novela gótica que combina romanceterrormisterio y tragedia. La historia trata de un hombre misterioso que aterroriza la Ópera de París para atraer la atención de una joven vocalista a la que ama.
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Capítulo III. Parte I.

Capítulo III. Parte I.





            Nueva York

            Sin esperarlo, uno de los mechones de sus cabellos rojizos le nubló con ligereza la vista. Suspirando, sus dedos recorrieron un pequeño camino y lo llevaron detrás de la oreja.
            Tomó nuevamente el vestido que reposaba con cuidado sobre la cama y lo alzó, colocándolo frente a su cuerpo y mirándose en el espejo. La verdad, siempre había pensado que el rosa no sentaría para nada con ella, es más, su cabello solía verse aun más pelirrojo de lo que era por el contraste y los matices de los colores.
            —¿Y bien? —En ese momento se dio vuelta y observó fijamente a Abigail. La joven se encontraba acostada bocabajo en la cama de la espaciosa habitación, mientras degustaba el sabor de uno de los caramelos de menta que Kirsten le había regalado anteriormente.
            Abby entrecerró los ojos mientras apoyaba la mandíbula en la palma de su mano derecha, y con la mirada captó cada brillo y detalle del elegante vestido de noche.
            —Siendo sincera, Kirs, se ve patético en ti.
            Kirsten se mordió el labio y dejó caer el vestido en el suelo, luego se dio vuelta y caminó directo a su armario rebuscando en el interior con insistencia. Había sacado prácticamente todos los vestidos de noche que poseía y ninguno le sentaba bien.
            Sus ojos rodaron al instante al otro lado de la habitación, allí sobre la mesa de noche estaba una elegante invitación enmarcada en dorado.
            Desde que tenía diecisiete no asistía a ninguna reunión de ese tipo. A donde iban las personas adineradas de Nueva York para divertirse y pasar un rato agradable, hablando de grandes inversiones de dinero y los últimos chismes de la hija/hijo de X político.
            Pero su madre había insistido con demasiado ahínco esta vez.
            …Y aunque le doliera, seguía tratándose de su madre. Solo esta noche y regresaría a su rutina como estudiante muy cerca de graduarse como profesora para niños de preescolar.
            Resopló y se volvió para mirar de nuevo a Abigail, quien jugaba animadamente con su almohada en forma de corazón.
            —¿Y entonces, qué hago? —El tono de su voz, reflejaba un poco su desesperación —…¡Abigail! ¡Escúchame cuando te hablo!
            Abby pestañeó un par de veces y alzó la cabeza para mirarla con una sonrisa.
            —Perdona... ¿Qué me decías?
            —¿Te estás burlando de mí, cierto?
            Los ojos azules de Abigail se abrieron de par en par.
            —¡Juro que no!
            Dejándose caer sentada sobre la cama, Kirsten suspiró con una pesadez entremezclada con cansancio que rivalizaba con la de Abby justo después de terminar un manuscrito retrasado. Viendo su expresión un tanto desgraciada, Abigail se sentó sobre las rodillas y la miró con fijeza.
            —No es tan grave como para que entres en este tipo de estados —Declaró arqueando una ceja y suspirando como si el tema la fastidiara.
            —Oh sí, es grave, muy grave… —Contestó llevándose una mano a la mejilla y entrecerrando los ojos mientras miraba directamente a su armario ­—. No quiero ir.
            —Entonces, no vayas —Abigail la miraba como si hubiese dado la respuesta más sabia y perfecta del mundo.
            Eso solo hizo que Kirsten arrugara el ceño.
            —No puedo simplemente no ir, Abby… Se lo prometí a mi madre. Es el cumpleaños de uno de mis hermanos, no puedo fallarle en esto; Además, hace mucho que no está toda nuestra familia reunida.
            Abby la miró fijamente agitando sus pestañas, y finalmente le sonrió.
            —No te envidio ¿Sabes? —Seguidamente de murmurar eso, se puso de pie y salió de la habitación, dejando a Kirsten visiblemente sorprendida pero sin atreverse a preguntar hacia donde se suponía que iba.
            Igualmente no fue necesario. Abigail regresó a la habitación con un vestido envuelto en plásticos y se lo tendió a Kirsten, quien dudó un poco antes de tomarlo.
            —Fue el único vestido que me llevé de casa de mis padres —Dijo Abby ladeando la cabeza con una sonrisa —, pero no te preocupes, no lo he usado así que nadie lo notará en el baile… Y siento que te quedará maravilloso.
            Un poco contrariada y con el corazón en la garganta por el gesto tan bonito de Abby de haberle prestado la única prenda que se había llevado de casa de sus padres —Si era así, debía ser un vestido absolutamente preciado para ella—, lentamente retiró el plástico grisáceo que cubría la tela y miró dentro.
            ….Era hermoso… De un azul celeste brillante y elegante, con incrustaciones de pedrería en la parte del escote que bajaba en curvas a toda la parte que debería ir adherida a la cintura y cadera.
            —…Oh… Abby…
            Al oír su tono de voz tan agradecido y lleno de admiración, Abigail rió.
            —Ya, ya. No es nada, Kirs. Solo… Ve allí, intenta divertirte y por supuesto, evita a las arpías de la sociedad.


***


            —Bienvenido a casa, Mi señor.
            Mientras examinaba con ojo crítico a su mayordomo, Alexander se iba sacando el abrigo después de haber dejado la maleta en el suelo.
            —Theo… estás más viejo desde que te vi por última vez.
            Theodore, su mayordomo desde hacía años, sonrió al oír sus palabras. Recibió el abrigo y asintió con la cabeza.
            —Cinco años no pasan por encima de las personas, mi señor.
            Era cierto, ahora su cabello estaba totalmente canoso, mientras que cinco años atrás aun se encontraba moteado de negro; las arrugas a ambos lados de la boca se habían acentuado y las líneas de expresión en su frente estaban más marcadas.
            La expresión de Alex se ablandó. Había conocido a Theo cuando era apenas un niño. Descendía de una familia que lo había servido por generaciones y que sabían su oscuro secreto… Desde su conversión a vampiro, y las desdichas que eso causó.
            Alex los había visto morir uno a uno, y pensar que ahora Theo correría el mismo destino, lo hacía sufrir infinitamente.
            —Deberías cuidarte mucho más —Él mismo se ocupó de levantar la maleta con semblante solemne, haciendo que Theo arqueará sus cejas.
            —¿Señor?
            Sin prestar atención a la pregunta con entonación algo sorprendida, Alexander se adentró a la casa y miró alrededor. Todo seguía tal cual como lo había dejado —Por supuesto que estaba impecable y sin polvo—, las paredes con papel tapiz en colores cremas y marrones, los muebles antiguos del recibidor y todo con un aire más que todo colonial.
            Era como retroceder en el tiempo a la época de mil ochocientos. Dando un suspiro nostálgico, paso a mirar de soslayo a Theodore.
            —¿Cómo han estado las cosas desde que me fui? ¿Investigaste lo que te pedí?
            Theo, que seguía sus pasos mientras Alex caminaba adentrándose más y más en la casa, asintió con una ligera y apenas visible sonrisa.
            —Bastante tranquilas —Afirmó —. Y sí, esta noche la familia Shower tendrá una fiesta de disfraces en su mansión, celebrando el vigésimo quinto cumpleaños de uno de sus hijos; Mañana en la tarde hay un día de campo en casa del señor L’Fountain, y….
            Alex parpadeó.
            —¿La familia Shower?
            Había enviado una carta a Theo, días atrás cuando Ethan lo había convencido de volver a Nueva York. Al principio se sintió muy recio ante la idea, pero finalmente se rindió ante las palabras del vampiro rubio, que tenía un poder sobre la mente de los demás innegable; sinceramente no supo en qué momento accedió a regresar…
            …Pero regresando al tema de la carta, Alex había avisado a Theo de su regreso y como un extra le pidió que se informara de todos los eventos en sociedad para esa semana. Sí, pretendía regresar a las andadas.
            Había desaparecido durante cinco años, pero para esa gente no era extraño que no envejeciera. Lo mejor que se podrían inventar los empresarios y sus vaporosas e insoportables mujeres era que se conservaba demasiado bien para su edad, ó que en dado caso, desde luego, se había hecho alguna operación.
            Al menos podría quedarse en la ciudad otros cinco años, antes de que comenzaran a percatarse de la inminente realidad.
            Alex deseaba retomar alguna que otra relación empresarial con esos traseros adinerados. No había regresado allí por Kirsten Shower… Nunca por Kirsten.
            Y entonces, Theo había mencionado a la familia de su compañera, y enseguida actuaba como un perro faldero al que le acababan de lanzar un trozo de carne.
            "No estoy aquí por ella… Yo no vine a verla… No estoy interesado…"
            —¿A qué horas es la fiesta de la familia Shower, Theo?.
            ¡Maldita sea!
            —Comienza a las nueve de la noche, mi señor —Theo parpadeó mirándolo fijamente con interés —. Pero al estar fuera de la ciudad usted no fue invitado.
            Alex se giró y comenzó a caminar hacía las escaleras.
            —Un vampiro no necesita invitación… Sobre todo si es una fiesta de disfraces.
            
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Entrada de prueba/Remodelación

Esto cambió bastante desde la última vez que publiqué algo... No tengo excusas para dar a nadie, me alejé mucho de la escritura durante todo este tiempo (ya más de un año). Quiero aclara que no fue por falta de imaginación, porque puedo jurar que cada día imaginaba cosas distintas y nuevas, pero aun así no lograba exteriorizarlas con las palabras correctas. No espero que las personas puedan seguirme nuevamente, porque se que como escritora responsable y cumplida he fallado durante el tiempo que me ausenté... Mis gustos por la literatura han cambiado, y mi propia personalidad también.Hace años, pensé que iba a convertirme en una escritora famosa; que yo realmente podría llegar a publicar un libro en físico, y a la final podría dedicarme a estudiar literatura ó artes visuales siendo algo que realmente me apasionara.Pero hoy en día, con dieciocho años, realmente me gustaría confesarles a todos que estoy estudiando una carrera que nunca pensé me interesaría, más sin embargo, en mi pasión en estos momentos....Y ya a punto de culminar mi primer año de universitaria, comprendí que algo le faltaba a mi vida.Antes realmente no sabía administrar el tiempo, no podía simplemente tener enfoque para un novio, mis amigos, mi familia, escribir, estudiar y leer todo a la vez, así que simplemente deseché algunas cosas de mi vida de las cuales hoy me arrepiento con mucho pesar.Así que decidí regresar. He retomado muchas cosas que hice a un lado por no saberlas manejar... Y espero poder esta vez, culminar lo que hace ya mucho tiempo empecé.A partir de hoy retomo mi blog en donde lo dejé (Aunque por supuesto tuve que volver a empaparme del tema antes de comenzar a publicar de nuevo).Y pienso remodelarlo un poco... Aunque no sé que cabecera ponerle ahora...
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Besos a Medianoche. Capítulo II. Parte II




Y en otra parte del mundo, en ese mismo instante, respiraciones entrecortadas de tres hombres hacían eco entre las calles semivacías. Corrían de manera que se dejaban el pellejo en el asfalto.
Alexander Night no sabía cómo había terminado en una situación tan tétrica como en la que se hallaba en ese instante…De acuerdo, probablemente si supiera la idea exacta, pero eso no implicaba que pudiera entender las razones de correr como alma que lleva el diablo para salvar su miserable vida.
—Yo no debería de preocuparme —Susurró. No pudo decirlo en un tono de voz más alto, porque en ese instante se encontraba jadeando —. No soy el del problema.
—¡Cállate y corre! —Ethan Rumsfeld, quien en ese instante corría a su lado, lo fulminó con la mirada —. Podría usar mi velocidad y dejarlos atrás, pero no soy tan malvado como para hacerlo.
—R…Rumsfeld —Terció el último de los tres hombres, quien corría aun mas jadeante y con mayor dificultad que los otros dos —, tú has sido… el que nos ha puesto en… esta situación…
Alex observó sobre su hombro a Kei Hibiki, un chico occidental de descendencia japonesa. De lacios cabellos negros y rostro perfectamente delineado y trazado. Una obra maestra que incluso, al poseer familia de alta clase inglesa, sus ojos eran de un intenso tono azul… Algo bastante extraño para tratarse de un chico japonés.
Le hizo una seña afirmativa para declarar que debían medio matar a Ethan, cuando todo esto terminara.
Su viaje a Australia había contado con principalmente turismo por todas partes… Había sido muy agradable conocer lo que mayormente se pudo. Y a la final, Ethan y él se habían instalado en un pequeño pueblo, hacía exactamente dos años.
Curiosamente, dicho lugar, resultó ser un pequeño sitio poblado de vampiros. Más que todos, de esos que se sentían cansados de su existencia y venían a refugiarse en el tranquilo y agradable lugar por un tiempo. Y de esa forma, por casualidad, habían conocido a Kei. El joven vampiro tenía ciento sesenta y seis años apenas, pero ya se sentía cansado de vivir… Y no encontraba el valor para matarse.
De cierta forma, Alex había sentido lastima por él. Lo compadecía y le agradaba hasta el punto de no decidirse simplemente por ayudarlo a morir, si no en lugar de eso, ofrecerle su amistad.
Irónicamente, Kei se había sentido desconfiado en un principio pero poco a poco fue dejando de lado el recelo, hasta formar un extraño lazo con ambos. Aunque no sabría especificar si el chico los veía como unos amigos, por lo menos los consideraba alguna especie extraña de aliados.
Y así, el dúo de vampiros se volvió un trío.
Mejor que estar solo, por lo menos tenía algo de compañía que lo ayudaba a olvidar un poco.
Pero había momentos en los que se arrepentía y odiaba esa compañía.
Momentos como el que estaba aconteciendo ya mismo.
Los tres se detuvieron detrás de un callejón y se ocultaron como mejor pudieron entre las cajas abandonadas allí. Alex resopló mientras se masajeaba la sien.
—Ahora, Ethan —Comenzó, haciendo que el nombrado rodara los ojos —, déjame entenderlo bien. Te has follado a la linda esposa del alcalde ¿No?
Ethan se encogió.
—No tienes que ser tan grafico, Alex.
Kei estalló en una serie de carcajadas que provocaron un ceño severamente fruncido en Ethan y una expresión de pocos amigos a Alex. El joven de origen japonés podría ser un inmortal bastante fuerte, pero se aseguraría de quemarlo vivo en cuanto terminara todo esto.
—Por lo que a mí respecta, no puedes controlar mi lenguaje como a ti mejor te parezca, Ethan —Decidió mantenerse en sus cabales e ignorar discretamente a Kei, y cuando el hombre rubio y de penetrantes ojos azules le devolvió la mirada supo enseguida que opinaba de la misma forma —. Volviendo al asunto, ahora tenemos una manada de policías tras de nosotros, porque el bueno del alcalde se ha enterado y desea una linda venganza.
Por segunda vez, Ethan se encogió de hombros para restarle importancia a los sucesos.
—Nadie dijo que tenían que huir ustedes también…
—Te recuerdo, que si tú te hundes, los tres nos hundimos. Y viceversa.
Sus palabras parecieron sonar nuevamente graciosas a oídos de Kei puesto que se sostuvo su estomago con una mano y se cubrió los labios con la otra para evitar soltar una exasperante y molesta carcajada.
Al ver como ambos vampiros lo observaban con ojos asesinos, Kei se enderezó y tosió.
—Lo siento. Por favor, continúen —Soltó haciendo un pequeño gesto con la mano, expresando que podían ignorar su intervención de unos momentos atrás.
Resoplando, Alexander se volvió nuevamente a observar con fijeza hacia Ethan.
—…Encima, lo que hiciste fue un acto inmoral.
Rodando los ojos, el vampiro rubio le dio la espalda y recostó uno de sus costados de la pared del callejón, asomando ligeramente la cabeza fuera de este, con los parpados calculadoramente entrecerrados. Cuando su expresión se hizo un poco más sosegada entonces suspiró y se volvió hacia ambos.
—Claro, lo dice el rey de la moralidad —Contestó a lo que anteriormente había dicho Alex, mientras se cruzaba de brazos y arqueaba una ceja con burla e ironía —. Desde que sabes de la existencia de tu compañera, entonces te has comportado como un moji…
No le dio tiempo a continuar, antes de darse cuenta su cuerpo había reaccionado por propia voluntad y sus manos tenían fuertemente sujeta la garganta de Ethan empujándolo violentamente contra la pared. Kei, observaba con expresión intranquila el acontecimiento.
—Ni te atrevas a mencionarla de nuevo —Sus palabras estaban envueltas en peligro y con una promesa de muerte oculta entre ellas. Bruscamente, lo soltó y dándoles a ambos la espalda con rapidez, se alejó al rincón más alejado del callejón con la respiración agitada y el cuerpo extrañamente adolorido.
No deseaba recordarla.
Siempre evitaba pensar en Kirsten o cualquier cosa que pudiera recordarle su existencia. Inevitablemente, solo un pensamiento y su cuerpo dolía de forma mordaz y desagradable… anhelante y deseoso de la única cosa en el mundo que se había jurado no tener. Su piel enardecida, suplicaba entrar en contacto con la de ella; su olfato no podía evitar buscar el aroma a tiernos cítricos de Kirsten —Aunque años habían transcurrido, la fragancia de sus cabellos y su habitación no habían desaparecido de su mente—.
Pero sobre todo, su boca imploraba por la de ella. Demandaba trazar una línea desde sus labios, pasando por su mentón y deslizándose hasta la yugular… Donde entonces enterraría sus colmillos y probaría su suculenta y ansiada sangre…
Por el rumbo que corrían sus pensamientos, soltó un gemido frustrado y adolorido mientras movía la cabeza de un lado a otro, aturdido por los carnales deseos que invadían su imaginación. Su respiración, ya de por si agitada por el trayecto que había recorrido con los otros dos vampiros, se tornó un tanto más demacrada y jadeante.
…Olvídala.
Tenía que olvidarla.
Si seguía pensando en ella, entonces perdería el juicio. Y aun no estaba listo para volverse completamente loco.

***

Se había pasado un poco.
Lo sabía perfectamente, pero eso no implicaba que pensaba disculparse por nombrar discretamente a Kirsten Shower frente a Alex. Sencillamente no estaba en su naturaleza hacerlo.
Se acarició el cuello formando una ligera mueca en sus labios, mientras la atenta mirada de Kei seguía sus movimientos con fijeza e interés.
—…¿Dolió?
Ethan gruñó.
—Te daré una patada en el culo si sigues preguntando o diciendo estupideces —Se cruzó de brazos —. Ya has hecho suficientes payasadas por hoy.
Kei arqueó las cejas con sarcasmo y elevó las esquinas de los labios en un asomo de sonrisa.
—Cuanto lo siento, mami, no era mi intención ofenderte.
Gruñendo nuevamente, está vez con más pasión que la anterior, Ethan le dio la espalda al vampiro asiático y no pudo evitar darle una patada en todo su esplendor a uno de los botes de basura del callejón. El objeto de un patético tono metálico algo oxidado y desgastado por el tiempo y las tempestades, rodó sin piedad esparciendo el fétido contenido por el suelo.
—¡Joder, Rumsfeld! —Kei se cubrió la nariz con los dedos de la mano izquierda en cuanto el inevitable aroma a sobras de pescado y comida rancia invadió sin piedad su olfato.
Con un gemido de frustración, Alex se volvió hacia ambos y lo observó con un gran asomo de ironía y sarcasmo entremezclados.
—Explícame algo —Comenzó —. ¿A caso no sabes hacer nada bien?
Rodando los ojos con letal espacio, aunque un poco aliviado de que Alex aun le dirigiera la palabra, les dio la espalda y se dirigió a la salida del callejón.
—Muévanse, los tíos dejaron de seguirnos —Lo sabía porque el sonido de los pasos se había alejado a una distancia considerable. Les daba el tiempo suficiente de correr y alcanzar el lugar donde se estaban alojando. Okay, debía admitir que ser un vampiro tenía sus ventajas, como por ejemplo, la capacidad de tener un oído tan excelente como el que él poseía.
Miró sobre su hombro tanto a Alex como a Kei —Principalmente al primero— y entrecerró un poco los ojos, pensativo.
¿De qué se preocupaba? ¿No había sido Alex el que había decidido dejarlo todo atrás e irse de Nueva York? ¡Por supuesto que sí!
Entonces… ¿Por qué sentía que algo estaba fuera de lugar?
Mientras caminaba a un paso más o menos apresurado, su cabeza no dejaba de trabajar por sí sola haciendo reflexiones y pensando una y otra vez sin cesar.
Era un vampiro joven aún, por lo que todavía le quedaba tiempo antes de encontrar una compañera… E incluso, pensaba que tal vez le iría mejor sin la necesidad de encontrarse con una; quizás por esa simple razón —La de no saber el impacto que causaba y la necesidad del vampiro macho consumiéndolo por dentro con los más íntimos deseos de poseerla— era que no llegaba a comprender a Alex o a Blasius.
Pero una cosa si era segura: la distancia estaba poco a poco matando a su amigo.
Quizás Alex no deseaba aceptarlo, pero era bastante notable lo desgastado y solitariamente melancólico que a veces lucia, como si su cabeza viajara a otro mundo o a otro lugar. Y Ethan sabía en qué lugar se encontraba la mente de Alex.
Un lugar que aun lo deseara, no se atrevía a tenerlo por miedo. Por temor a alguna razón desconocida que estaba seguro nunca sabría.
Un lugar paradisiaco y que solo le traería felicidad y calma.
…Junto a Kirsten Shower.
Y allí, en medio de la calle, Ethan supo enseguida lo que tenía que hacer.
Por primera vez en su triste vida, estaba del todo dispuesto a hacer lo correcto. Por uno de los pocos seres a los que podía llamar “amigo” en todo su esplendor.
Se dio vuelta, encontrándose con los rostros sobresaltados de Kei y Alex, y dirigiéndose a este último, dijo las palabras que nunca creyó sentir la necesidad de decir.
—Creo que es tiempo de volver, Alex.


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N.A: A todos mis lectores, me alegro de informarles que esta autora está graduada =)... Ya he acabado las clases y puedo centrarme de lleno en mis proyectos, gracias por sus apoyos y espera. Y ruego para no decepcionarlos... Besos y abrazos.

P.D: Me retarde un poco más de lo esperado, porque tengo tres semanas sin internet y no tenía de donde publicar un nuevo trozo.
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Besos a Medianoche. Capítulo II. Parte I

¡Y por fin me digno a aparecer! Por cuestiones de estudio se me ha hecho todo muy complicado, ya que me encuentro en las últimas tres semanas de clases. Por esa razón no había podido publicar nada, mi agenda está hasta el tope con examenes y actividades... -No se imaginan cuanto deseo terminar todo esto y tener vacaciones-.



Quisiera agradecer, de todooo corazón, a quienes dejaron comentarios en el fragmento anterior y también a aquellas personas que se tomaron la dulce y adorable molestia de felicitarme. ¡Adoro a mis lectoras y lectores! ¡Sin su apoyo no podría vivir!









Capítulo II


Cinco años más tarde…
Nueva York, Estados Unidos.


—Entonces, imagino que la vida de casada te está sentando de maravilla, corazón.
Kirsten Shower en ese momento golpeteaba con uno de los lápices su cuaderno de anotaciones, mientras sentada frente a su escritorio, conversaba animosamente por teléfono. La risa elocuente y simpática de Francesca la hizo plenamente feliz, en especial por el hecho de que demostraba la dicha en la que se encontraba sumida.
—Un poco, tal vez —Cualquiera diría, por su tono de voz, que “un poco” no era suficiente para describir como se sentía.
—Tal vez debería casarme yo también —Susurró para sí misma mucho más que para Francesca, casi de manera pensativa.
—…Bueno… ¿De veras quieres casarte? —La voz de Francesca esta vez sonó algo contraída y en desacuerdo por su decisión. Frunció el ceño.
—Es un decir nada más, no es que vaya a hacerlo de verdad.
Se oyó un suspiro del otro lado de la línea.
—No tienes por qué hablarme como si estuvieras molesta, Kirs.
Suspirando dejó de jugar con el lápiz y se frotó ambos ojos.
—No, Fran, perdóname a mí, creo que… —Entonces aspiró el aroma del ambiente —. ¡Mierda!
—¡¿Qué?! —Se oyó la voz preocupada de Francesca desde el móvil.
—Luego te llamo.
Colgó rápidamente y corrió directamente a la cocina, para descubrir su bistec para la cena completamente rostizado. Tosiendo a causa del humo, maldijo para sus adentros mientras llenaba de agua la olla con la esperanza de que no se hubiese pegado hasta el punto de hacer imposible lavarla.
Gruñendo, se encaminó a la segunda habitación que había en el pequeño apartamento en uno de los edificios de Manhatann. Abrió la puerta de golpe y fulminante, clavó la vista en la cabeza castaña inclinada sobre una mini laptop… ¡No entendía como no se metía de una dentro de la computadora y así les quitaría un peso de encima a todos!
—¡Joder, Abigail! —Se acercó a ella para descubrir que tenía bien puestos los cascos con Nickelback a todo volumen, mientras su rostro era iluminado por la luz blanca de la pantalla de su computador a la vez que sus dedos se movían a toda velocidad sobre el teclado —…Debes estar de broma.
Con brusquedad le sacó uno de los audífonos, arrancándole un chillido de los labios.
—¡¿Por qué hiciste eso?! ¿No ves que duele? —Abigail alzó sus suaves ojos azules y la miró enfurruñada a través de unos anteojos con aumento, mientras se frotaba el oído del cual fue arrancado el cable.
—Sí. Por eso precisamente lo hice —Kirsten se cruzó de brazos —. ¿Quién se supone que debería estar al tanto de nuestra cena de hoy?
Abigail miró a ambos lados y luego rodó los ojos como si fuera lo más obvio del mundo.
—Yo, desde luego —Su afirmación se ganó un golpe en la cabeza por parte de Kirsten —. ¡Ay! Pero, Kirsten, ¿Qué te pasa hoy? Estás demasiado bruta conmigo.
—¿A que no adivinas lo que le ha pasado a nuestra comida?
Abigail parpadeó sin entender.
—¿Qué cosa?
Ella tuvo que contenerse con todas sus fuerzas y no azotar a su amiga y compañera de piso con todo lo que pudo.
—Se ha quemado —Dijo en un suspiro ya cansado. Abigail parpadeó unos instantes antes de soltar una exclamación y una palabra que definitivamente no era apta para menores.
—¿De nuevo? —Su amiga pareció sentirse cohibida y algo resignada —. Lo lamento, Kirs, no es mi intención dejar quemar nuestras comidas. Es solo que a veces me entretengo demasiado y pierdo el hilo del tiempo mientras escribo.
Hacía cerca de dos años que Kirsten se había mudado a un apartamento compartido, junto con una de las ex-miembros del cortejo de señoritas, Abigail Denton. Dentro de todas las que había conocido, ella sin duda alguna, era una de las que poseían al menos un poco de cordura y un cerebro completo.
Probablemente su única amiga dentro del circulo social. Y lo más importante de todo: ambas querían escapar de las casas de su familia.
Así que a los veinte, ya juntado el dinero suficiente para salir del alero familiar, ambas se mudaron a un pequeño apartamento doble en Manhattan en donde continuaron sus estudios. Kirsten en la rama de educación… Siempre había adorado a los niños, por lo que estuvo más que decidida a volverse profesora, aunque sus padres estaban aún en contra a pesar que ya ejercía su carrera desde hace un par de meses.
En cambio, Abigail, para su propia sorpresa había escogido entrar en la rama de literatura y letras. Y se le daba muy bien escribir… Incluso escribía libros paranormales bajo un seudónimo —He allí, el por qué no podía estar al tanto de su almuerzo—, libros que Kirsten engullía de pies a cabezas antes de que salieran a la venta.
—Ya olvídalo, pequeña rubia teñida —Apoyó una mano sobre el espaldar de la silla mientras se inclinaba e intentaba leer lo que estaba inscrito en la pantalla de la laptop descuidada de tanto uso que recibía —. ¿Cómo vas con eso?
Abigail llevó ambas manos a su cabeza, cubriéndose su cabello teñido de castaño oscuro. Según ella, decía que las rubias eran consideradas tontas y más aun si estas eran atractivas… Por lo que había descuidado su apariencia y se había tintado el cabello apenas se habían mudado juntas. Incluso, se había puesto más rellenita en lugar de la delgada y bien formada silueta que poseía con anterioridad.
Ella volvió a clavar la vista en la pantalla, siguiendo la mirada de Kirsten, pero no tardó nada en suspirar cansada.
—Patético. He rehecho el manuscrito tres veces, y siento que volverán a rechazarlo en cuanto se lo lleve a mi editor —Enterró la cabeza entre ambas manos con desesperación. Gesto que compadeció a Kirsten. Había visto como se dormía a las cinco de la madrugada, para levantarse a las ocho a seguir escribiendo… Desde su punto de vista, ser escritor no era la profesión más sencilla del mundo.
Se situó tras ella y comenzó a masajearle los músculos adoloridos y tensados de la espalda. Abigail gimió gustosa relajándose.
—¡Oh, Kirs! Eres un sol… —Casi podía oírse su voz sollozante de felicidad, por lo que Kirs contuvo una risa.
—Te lo mereces, Abby… Aunque no debería después de que hayas dejado quemar la cena.
—Llevamos dos años viviendo juntas, deberías ya saber que es imposible dejar la comida a mis manos.
Buen punto.
—Venga —Dejó de masajearle el lugar donde se acumulaba la tensión de Abby —. Mueve tu trasero de esa silla y busquemos algo aceptable para cenar.
Se oyó un pequeño quejido de Abigail quien se frotaba el trasero con ambas manos haciendo una mueca.
—Me duelen lugares que no sabía ni que existían.
…¿Debía reírse por eso?... No. Probablemente no era buena idea.
—¿Has pensado alguna vez tomarte unos meses de descanso? —Preguntó casi por inercia, puesto que ya sabía perfectamente la respuesta que obtendría. Abigail negó con la cabeza mientras suspiraba.
—Es mi único ingreso económico, no puedo darme el privilegio de descansar mientras necesito dinero —A diferencia de los padres de Kirsten, los de Abby se mostraron sumamente hostiles con la idea de que su única hija dejara el lecho materno para independizarse, por lo que se le fue negada la protección de sus padres mientras cursaba la universidad.
Muchas veces Kirsten se había ofrecido a prestarle ayuda, pero Abigail se negaba rotundamente alegando que ella sola debía saber llevar las consecuencias de sus acciones.
Charlando pacíficamente, se tomaron del brazo mientras se encaminaban a la pequeña pero acogedora cocina de su alegre y agradable apartamento. Aunque no era muy grande, su hogar contaba con lo indispensable para vivir: poseía dos habitaciones y un baño que le tocaba compartir con Abigail —La cual siempre se quejaba en las mañanas, cuando Kirsten duraba dos horas encerrada en él para ducharse y arreglarse—, una sala de estar bastante atractiva para las horas de descanso, una cocina y un balcón que daba una preciosa vista nocturna de la ciudad al estar en un piso bastante alto. Kirsten definitivamente, nunca hubiese cambiado ese lugar por nada más.
Al principio habían pagado un aceptable alquiler, que probablemente era un poco más económico de lo que había pensado en un principio, tratándose de una de las mejores zonas en Manhattan. Sus padres se escandalizaron con la idea de que tomara impulso por su cuenta y por el dinero que había mantenido ahorrado desde sus quince años, pero lo que más deseaba Kirsten en su vida era lograr independizarse y hacer lo que ella deseaba hacer con su vida… Y por lo visto, sus padres —Aunque a regañadientes—, supieron aceptar sus decisiones y acabaron por apoyarla en todo lo que necesitara mientras estudiaba y trabajaba a medio tiempo como ayudante de una profesora.
Luego de todo un año viviendo en ese lugar, ella y Abby habían decidido que era una muy buena idea comprarlo.
Y desde entonces su apartamento era un verdadero santuario. Aunque su compañera de piso tenía un significado totalmente distinto al de ella respecto a ese lugar. Abigail, para su sorpresa en cuanto habían comenzado a vivir juntas, era el tipo de chica que prefería evitar contacto social. Solo salía para sus clases en la universidad, para presentar exámenes y cuando le tocaba llevar un manuscrito con su editor… Pero de resto, se negaba a salir.
Por ese detalle a Kirsten le tocaba siempre hacer la compra y ocuparse de cosas que involucraran la luz del sol sobre el cuerpo. Nunca venían compañeras de estudios, y nunca le había conocido algún novio o pareja.
Y encima la última vez que la había invitado con todas sus ganas a salir juntas con un grupo de amigos, la respuesta de Abby vino seca y afilada:
—No estoy interesada —Había dicho a la vez que se colocaba sus audífonos con Nirvana
[1] a todo volumen, mientras continuaba tomando notas con expresión fría en un cuaderno. Y mientras los acordes de Where did you sleep last night?[2], resonaban entre el silencio de la habitación, Kirsten no creía que pudiera haber más hielo entre ambas.
Desde entonces, queriendo evitar la tensión en el ambiente, Kirs se había abstenido de invitarla —también— a algún lugar donde hubiera personas. Abigail era una solitaria nata.
Diferente a la chica que había conocido durante el cortejo de señoritas cuando tenía diecisiete. No sabía si siempre había sido de esa manera o si algo le había sucedido antes de que decidieran, entre ambas, escapar del alero familiar y tomar riendas de sus vidas. Y lo que nos lleva precisamente al día a día, como hoy por ejemplo, en donde Abby dejaba quemar alguna de sus comidas y no les quedaba de otra que llenar sus estómagos con cualquier cosa que encontraran en la alacena o en el refrigerador.
Mientras se reían, ambas decidieron al rato que cenarían algún embutido. Al parecer había sido costumbre que a mediados de la semana, sus cenas eran enlatados o embutidos.
Suspirando, Kirsten se sentó en la mesa pensando que le restaba por hacer en lo que quedaba de día. O noche si pensaba en las horas.







[1] Famoso grupo estadounidense de genero rock alternativo de los años 1987-1994.
[2] Canción estadounidense del año 1870, cuyo autor es desconocido. (N.A: Abigail escucha la versión interpretada por Nirvana)
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Bitacora, 10/05/2011

Imagino la cara de estupefacción de la mayoría de los lectores. Esta entrada es para narrar un poco sobre mi día y mi semana.
Hoy, Diez de mayo del año dos mil once, esta señorita se encuentra cumpliendo exactamente diescisiete años de vida... Unos no muy ansiados diescisiete años. Cada vez que lo pienso, me doy cuenta y me percato de lo rápido que transcurren los años y el tiempo; en un parpadeo a decir verdad.
Mi primera historia, Sueños de Hielo la escribí cuando tenía catorce años aún. Y Oscura Inocencia, la terminé en Agosto, dos meses después de haber cumplido los quince años. Hace casi dos años de aquello... Increíble. Nunca imaginé que podría consumirse el tiempo tan rápido y cuando lo pienso, me doy cuenta de que en parte hubieron momentos en mi vida que me privaron y me hicieron perder el tiempo que dedicaba a mi escritura y alimento de mis conocimientos en cuanto a lectura.
Estoy retrasadisima en cuanto a la culminación de historias que tienen mucho más de un año de producción.
Bueno, no sé que decir de mi semana... Estuve estudiando muchisimo, ¡No tienen idea de cuanto! Porque para poder graduarme de bachillerato, necesito aprobar matemática con un mínimo de trece puntos. Y pues, por eso llevo estudiando desde hace un tiempo para el examén que se realizó el día de hoy... Y ¿adivinen qué? Creo que salí mal, a pesar de haber estudiado muchisimo.
En fín, ahora mismo mi vida está patas arriba. Estoy todos los días cargada de estres.
Además de estar trabajando en la serie de los condenados y la serie de los secretos del corazón. Tengo unas historias independientes por terminar y he comenzado con dos proyectos alternos de Novelas Visuales (Click para saber que son) del genero otome game/Simulador de citas para chicas cuyos progresos comenzaré a publicar aquí en el blog dentro de poco.

Bueno... Mi cumpleaños la estoy pasando dentro de la oficina de mi tía, así que imaginense de que animos estoy.

Me despido, entonces, aunque no fue una entrada muy productiva ¿A que no?

P.D: La publicación del siguiente capítulo de Besos a Medianoche, será este fin de semana como mucho. Aún tengo que adelantar un poco.
Muchas gracias, por todos sus comentarios, me animan la vida<3 =)
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Besos a Medianoche. Capítulo I. Parte II





—¡Kirs! —El sonido de una voz alegre y llena de inocencia le arrancó una sonrisa satisfecha de los labios, antes de caminar y recibir el enorme abrazo por parte de una joven de doce años.
—¿Cómo te encuentras, Bidgette? —Los enormes ojos acaramelados de ella brillaron impacientes y llenos de júbilo mientras giraba sobre sí misma, mostrándole a Kirsten gustosa su suave vestido color rosa pálido, cosido a mano por parte de su abuela.
—Por supuesto, estoy bien ¿que no lo ves? —Preguntó energizada y enfurruñada por la pregunta. Pero aún así, Kirsten Shower, una hermosa joven de cabellos rojizos y penetrantes ojos azules, en sus contados diecisiete años; no pudo evitar notar que el rostro de su prima, Bridgette O’Connor se veía algo más pálido de lo usual, incluso más que desde la última vez que se habían visto.
—Si, claro, fue estúpido de mi parte preguntar —Sonrió falsamente.
—Bridgette ¿Por qué no vas a preparar un poco de té?
La voz llana y seca de su tía la tomó por sorpresa causándole una gran impresión. No le tomó mucho analizar la situación que fue comprobada en el instante en que los pasos de Bridgette resonaron por la habitación hasta perderse tras el arco de la puerta que daba hacia la alejada cocina.
Kirsten parpadeó mientras se sentaba en uno de los muebles.
Su madre y su tía eran hermanas, ambas nacidas de una humilde familia de comerciantes pero que a través de los años habían recibido una amplia y completa educación que las convirtió en un par de respetuosas señoras.
Los cabellos de su tía, cortados modernamente, poseían un vibrante tono rojizo, que delataba perfectamente su parentesco; y sus ojos eran enormes y expresivos de un tono verde prado, que la hacía ver mucho menor de lo que parecía. A pesar de tener casi cuarenta años, su rostro se encontraba libre de arrugas que delataran su ya avanzada edad. Vestía delicadamente con una ligera blusa rosada y una falda a juego que se hondeaba a sus pies mientras avanzaba y tomaba asiento frente a ella.
A diferencia de su madre —Un poco mayor que su tía—, en lugar de haber contraído matrimonio con un rico heredero, había tomado preferencia a la idea de formar una familia normal y libre de privilegios.
Muchas veces, Kirsten llegaba a preguntarse si no hubiese sido más feliz perteneciendo a una familia promedio que a ser la multimillonaria heredera de una compañía.
—¿Qué ha dicho el doctor, tía Anna? —Su voz salió mucho más aguda de lo esperado y sus ojos revolotearon a su alrededor esperando a que su valiosa y preciosa prima no escuchara sus palabras.
Sin poderlo evitar, su tía soltó un amargado y triste sollozo que causó conmoción en ella misma. Con los ojos abiertos de par en par, Kirsten no sabía si debía levantarse y consolarla, o simplemente guardar las distancias y dejarla sumergirse en sí misma. Había veces en las que era preferible llorar sola que acompañada… Eso ella lo sabía perfectamente.
—…Es…—Su voz era cortada por los sollozos, pero su tía logró obtener fuerzas desde algún lugar de su interior como para hacer frente a lo que estaba a punto de decir —…Tiene leucemia.
En ese momento soltó todo el aire que sus pulmones habían estado reteniendo en espera de la noticia y observó fijamente al suelo.
De un tiempo hacia acá, Bridgette había comenzado a presentar síntomas extraños. Como siempre había sido anémica, desde que Kirsten tenía memoria, entonces no le habían dado mucho de que pensar. Pero como había empeorado enormemente, su tía la había llevado al médico justo esa misma mañana con intenciones de comprobar que le sucedía a su pobre y única hija.
…Solo para descubrir esto.
—¿Lo has hablado con ella, tía? ¿Lo sabe? —Al ver que su tía negaba con la cabeza, Kirsten se llevó una mano a la cara sintiéndose impotente.
—Planeábamos decírselo esta noche —Anna se secó las lágrimas con los dedos de las manos —, pero no deseo hacerlo sin que Karl esté con nosotras. Después que lo he llamado y le he contado lo que dijo el médico, me prometió que se regresaría esta misma tarde de su viaje de negocios.
Kirsten estuvo a punto de hablar, cuando en la cocina se oyó el sonido de platos caerse y romperse en el suelo.
—¡Mamá! —La voz Bridgette inundada por el terror se oyó como eco en la sala e hizo que ambas, tanto su tía como ella, se levantarán de golpe y corrieran a la cocina.
Jamás en su vida, una visión la había asustado y dolido tanto como esa.
Bridgette estaba en el suelo, intentando sostenerse con los bordes de uno de los mesones de la cocina, mientras que con su mano libre se cubría la boca sin lograr dejar de toser; en el suelo se veían los restos de unas gotas de roja sangre que sin duda alguna eran de su prima.
Apresurándose a caminar, entre ambas, levantaron a Bridgette con preocupación para dirigirse al automóvil y de allí al hospital más cercano.

***

Esa misma noche, Kirsten se miraba dolida en el espejo de su habitación mientras dejaba a su madre arreglarle el cabello en una agradable y solida coleta alta.
—Brid está en el hospital, mamá —Dijo, aunque su madre lo sabía perfectamente —. ¿No crees que sería mejor dejarlo por hoy aunque sea? No es lo correcto que fuéramos a esa fiesta estando tía en el hospital con ella.
Su madre suspiró cansada. Había escuchado la misma replica una y otra vez. Kirsten se había pasado la tarde completa en el hospital con su prima recién ingresada. La había visto sollozar con desconsuelo, mientras su tía lloraba a su lado al oír el informe del médico.
La leucemia se propagaba con rapidez para tratarse del cuerpo de una chica anteriormente sana de doce años.
Había querido llorar ella también, pero pensó que no tenía significado amargarles más la existencia a su tía y a su prima, por lo que en lugar de ahogarse en sus propias lágrimas sintiéndose triste y angustiada, les prometió a ambas que todo saldría bien y que Bridgette podría curarse. Pero las tres sabían que eso no era verdad.
Una enfermedad mortal e incurable. Eso era de lo que se trataba la leucemia.
Pero había una manera de controlarla y por eso es que Kirsten no había perdido las esperanzas aun.
—Tu tía está bien. Tu tío Karl ha llegado a hacerle compañía desde hace horas —Kirsten gimió en cuanto su madre tensó aun más sublimemente sus cabellos —. Además, no puedo decirle que no a la Señora Worth a última hora, sería una falta muy grave y desconsiderada de nuestra parte.
Siempre la apariencia antes que su familia. Así era su madre.
Cansada ya de replicar por sus ganas de no ir, y con los ojos rojos a causa de las lágrimas contenidas, Kirsten se quedó callada mientras su madre terminaba de arreglarla. Era preferible así a seguir oyendo sus palabras carentes sin sentimiento. Ya deseaba irse a la universidad para así tener que librarse de obligarse a hacer todo lo que su madre quería sin darle tiempo a negarse siquiera.
Les tomó exactamente media hora estar listas, y sin perder ni un minuto más partieron a la mansión donde se efectuaría la fiesta.
Llegaron justo a tiempo —Eso sería una a dos horas después de la hora pautada— y mientras entraba sumida en sus pensamientos hacia el salón, Kirs notó el grupo de jóvenes del cortejo social reunidas en una esquina parloteando sin cesar y riéndose probablemente de cosas sumamente banales.
Suspiró con cansancio mientras la expresión de su rostro se reducía a una triste mueca de resignación.
—¡Kirsten! —Exclamó su madre en un susurro —. ¡Quita esa cara ahora mismo! ¿Qué dirán las personas de ti? Que estas siendo obligada a ir a un lugar que no quieres, eso dirán —Lo que no estaba muy lejos de la realidad a decir verdad. Pero se abstuvo de abrir la boca y comentar sus pensamientos, y en su lugar simplemente se arremolinó las faldas y echó a caminar silenciosamente hacia donde se encontraban las otras jóvenes del cortejo de señoritas.
Que absurdo, tener que estar en un lugar así. ¿Para qué deseaba ella ser reconocida en la sociedad? ¿Por qué razón tenía que hacer cosas tan estúpidas como estas?
Probablemente, si Francesca estuviera aquí no la pasaría tan mal teniendo que fingir sonrisas y una personalidad encantadora. Por el contrario, probablemente estarían ambas en una esquina desternillándose de la risa por alguna broma pesada o travesura que hubiesen hecho.
Pero Francesca no estaba allí y Kirsten tenía que afrontar a los dragones escupe fuego de frente y sola.
Quizás el único consuelo de la noche era que sabía que bien entradas las doce, haría acto de presencia la imponente figura de Alexander Night. Con sus fabulosos y despeinados cabellos color castaño y aquellos misteriosos y fantasiosos ojos color azul… ¿O eran verdes? Nunca había estado segura del color, puesto que cada vez que lograba fijar la vista en sus ojos, estos se veían diferentes a la vez anterior.
Imaginó su alta y elegante figura enfundada en un traje negro noche y esa seductora y sensual voz deslizándose por sus oídos y atrapando su mente, llevándola a algún lugar secreto y excitante que solo compartían en sus más íntimos sueños.
Sus pensamientos sobre él siempre viajaban a un lugar donde no deberían ir. Por lo menos no los pensamientos de una joven que apenas e iba a cumplir sus diecisiete años. Debería comenzar a buscar con la mirada un lugar donde arrinconarse para poder observarlo bien esta noche… Después de aquel accidente en donde había terminado en sus brazos, se atrevía aun menos a poner un pie cerca de él por miedo a otro rechazo.
—Kirsten —Una de las jóvenes del cortejo, una alta y bien formada rubia con esplendidos ojos azules y cuerpo de modelo, la saludó con una sonrisa. Había chicas bastante atractivas como también había chicas simplonas y superficiales. Pero Abigail Denton, poseía un aura simpática y el atractivo perfecto como para convertirla en una beldad —. ¿Te has enterado?
Las expresiones de las tres chicas del consejo databan de la sorpresa y las ganas de cotillear. Pensando que no le había agregado el que era lo que estaban hablando, supuso que esperaban una respuesta en particular.
—No, ¿Qué cosa? —Preguntó parpadeando y situándose al lado de Abigail, quien miraba a ambos lados asegurándose que nadie oyera el tema que estaban tratando.
—Mi padre es uno de los socios de las empresas de Alexander Night ¿Sabes? Y esta tarde, pasando por su oficina me enteré de ciertas cosas —Era un habito de Abigail cotillear tras las puertas, probablemente ese era el único defecto que poseía esa hermosa joven —. Al parecer, el señor Night se ha ido esta mañana de Nueva York a Australia, sin razón aparente y por tiempo indefinido.
Y por segunda vez en el día… Pasando por el shock de la confesión, Kirsten se desmoronó nuevamente. Pero esta vez, pasó toda la velada en el baño de los Worth llorando por la sensación amarga de abandono y el corazón hecho pedazos.




NOTA DE LA AUTORA: Primero que nada, me encantaria agradecer con todo el corazón a todos aquellos lectores que se tomaron la molestia de dejarme comentarios en el capítulo anterior. También a aquellos que leyeron pero que no comentaron. Es agradable para mí, saber que de alguna manera me leen y tal vez les gusta lo que escribo.

Pero, quiero que sepan, que es muy importante para mí el apoyo de los lectores y sus opiniones a la hora de escribir. Simplemente, por qué me gusta saber si voy bien o voy mal a medida que avanza la historia... SI voy por el buen camino o si le hace falta algo. Además de eso que me hace tener ganas de continuar la historia cuando leo algún comentario.

Por eso... Quiero que sepan, que aunque no es algo obligatorio, mientras más comentarios y opiniones reciba más rapido habrá una actualización con un nuevo capítulo (Me parece que eso sonó mucho a soborno... jajaja) Pero no es obligatorio, como ya dice. Deja un comentario la persona que siente ganas de expresar al autor su apoyo y que le agrada darle animos al escritor... A todas esas personas que me apoyan y me dan animos con sus comentarios y mensajes (Por qué también recibo mensajes a mi e-mail y los contesto cuando tengo tiempo). A todos, muchisimas gracias.


Antonella Pizzi.